Kazan entre tazas de té y ollas gigantes

El largo pasillo estaba apenas iluminado. Una pequeña ventana sucia al final del mismo dejaba pasar la débil luz de un día nublado, tan típico de la primavera rusa. Las paredes despintadas daban indicios de haber sido amarillas en algún momento, y las puertas de madera hablaban de décadas y no de años. Esto es lo que queda del comunismo, recuerdo haber pensado. En la casa de los padres de nuestro amigo el agua ya hervía en la pava, las viejas tacitas de té aguardaban sobre la mesa y a nosotros nos esperaba una de las veladas más memorables de nuestro viaje por la infinita extensión de la gran Rusia. Habíamos llegado a la milenaria Kazan, en el corazón del Tatarstan, el último vestigio de los Khanatos mongoles en el territorio ruso y uno de los grandes bastiones del Islam en el continente.

Té, hospitalidad y comunismo en Kazan

Kazan es una antigua ciudad del Oeste de Rusia cuyo origen aún hoy es discutible. Su papel en la historia, en todo caso, no lo es.

Reconquistada por el legendario Tsar Iván el Terrible en el Siglo XVI de manos de los mongoles luego de un largo asedio y de ajusticiar a buena parte de la población, Kazan expone hasta el día de hoy la herencia del imperio oriental tanto en su gente como en la religión que estos practican.

En la actualidad es la capital de la Republica de Tatarstan (los rusos históricamente han llamado siempre tátaros a los mongoles), y está marcada por fuertes corrientes ideológicas independentistas.

Es también una de las mayores comunidades musulmanas de Europa (después de la de Estambul en Turquía), y esto se ve claramente impreso en las hermosas mezquitas que decoran la ciudad y mucho más importante, al menos para nosotros, en la cálida hospitalidad de su gente.

El problema de mi padre es que sabe mucho y es demasiado honesto. Con estas palabras nos preparó Ramazan, nuestro anfitrión de Couchsurfing, para ir a cenar a la casa de sus padres.

Unas horas después, sentados en el pequeñísimo departamento que lo vio crecer, apenas una ventanita más en uno de los inmensos bloques monótonos de edificios que el comunismo ruso dejo por todo el país, entendía mejor lo que nos quiso decir.

En una sociedad tan viciada por la paranoia y la hipocresía como la del comunismo ruso de los años 70, un hombre como Raufiq no pudo nunca encontrar más que paredes recias y puertas cerradas.

Un autodidacta empedernido, una de esas personas que rápidamente nos genera confianza y la impresión de ser en el más elemental de los sentidos “un buen tipo”, charlar con el padre de Ramazan pasaba rápidamente de ser una clase de historia y política a un partido de ping pong, por el vaivén de información con el que inútilmente intentaba mantenerme a su altura.

A pesar de su mente brillante y su férrea ética personal y laboral, incluso a pesar de que era un verdadero creyente del comunismo, su carrera de bioquímico y su vida bajo el duro yugo del kremlin se encontró siempre con una pared por su negación a la hipocresía.

Ellos [el partido comunista] querían que yo sea deshonesto. Dijo, con una clara intención de cambiar de tema. Pero Raufiq era (y es) más feliz con sus libros que con las ventajas de una vida acomodada dentro de un sistema que ya entonces mostrabas grandes síntomas de estar podrido por dentro.

Entre taza y taza se fue pasando la tarde.

Su último alarde de lógica y conocimiento lo hizo antes que nos vayamos, cuando había tomado confianza. Tú sangre y tu cara es rusa, pero tu apellido es ucraniano. Hace un siglo los que emigraban de Ucrania a Argentina eran los granjeros judíos perseguidos por las fuerzas del Tsar. ¿Tu familia es judía? Yo no pude más que sonreír. En un mundo regido por la idiotez y la superficialidad, encontrar a una persona como Raufiq, sobre todo allí, en ese pequeño departamento comunista de Kazan, fue extraordinario.

Volvimos a la casa de Ramazan con mil cosas dándonos vueltas en la cabeza.

Esos eran los rescoldos de casi un siglo de comunismo, de persecución, de alienación a un sistema corrompido por la ambición y la falsedad. Un sistema en el que un hombre honesto con una mente brillante, y para colmo religioso, no tenía lugar.

La Mezquita Qolsärif desde adentro

El aire cargado del ambiente parecía vibrar al son de la profunda voz del imam mientras recitaba las oraciones y los hombres se arrodillaban, rosaban el suelo con la frente y se paraban, en una monótona coreografía mil veces ensayada con profunda devoción.

La tímida luz del sol se colaba por los inmensos ventanales de la mezquita y rebotaban en las paredes blancas con detalles azules para darle al lugar una aura de misticismo capaz de desafiar hasta al más escéptico de los ateos.

Casi 500 años después de que la legendaria mezquita de Kazan fuera destruida y solo 12 desde que fuera reinaugurada, con motivo del mil aniversario de la ciudad, aún hoy son pocos los forasteros, los ajenos al Islam, que pueden presenciar el llamado a la oración musulmán desde adentro, desde donde nosotros lo hacíamos.

La única condición que puso Ramazan cuando nos ofreció hacernos pasar por esa escalera por la que solo pasaban los musulmanes, esa de la que los turistas debían pasar de largo, fue la de mostrar el mayor de los respetos. No como mi último huésped, que se acercó a sacarle fotos a la gente mientras rezaba, nos aclaró.

Así que nos sacamos las zapatillas en la antesala y entramos a uno de los salones de rezos mas hermosos que hemos visitado. La luz que se colaba por los grandes ventanales parecía acariciar las suaves líneas de las paredes y los balcones, donde los turistas se acoplaban para poder observar la ceremonia.

La curiosidad que sentía era proporcional a la fascinación.

Muchas veces hemos estado en mezquitas impresionantes, en el Norte de la India cuando estuvimos en Srinagar, en la capital malaya de Kuala Lumpur, y más recientemente en la capital de Kazajistan.

Pero nunca durante la ceremonia del llamado a la oración, que es cuando la gran mayoría de las mezquitas del mundo cierran sus puertas a los visitantes.

Los hombres por un lado, las mujeres y los niños por el otro, todos seguían la cambiante frecuencia de la voz del imam. Nosotros esperábamos sentados en una esquina tan callados como podíamos.

El ambiente cargado, producto tanto de los calefactores como de los pisos alfombrados, sumaba a la mística como una pincelada a una obra maestra.

Ya afuera, soportando nuevamente el clima frio y ventoso que castigaba a la ciudad de Kazan, nos quedamos un rato mirando los hermosos minaretes que se extendían hacia el cielo encapotado.

La mezquita recibió su nombre de un Imam que junto a sus estudiantes fue uno de los últimos en resistirse a las fuerzas del Tsar en el Siglo XVI.

Por acá paso Iván el Terrible, me acuerdo de pensar. Una ciudad con mil años a las orillas del rio Volga, por donde han navegado desde los vikingos hasta los búlgaros, los mongoles y los otomanos. Eso es Rusia, es historia. Es el punto de encuentro de los continentes y las culturas.

Y Kazan, en el medio de todo, es la herencia de una historia plagada de guerras, conquistas y revoluciones.

Historia, cometas y una olla gigante

Nuestros últimos días en Kazan fueron más relajados. Veníamos imprimiéndole un ritmo bastante movido a nuestro viaje por Rusia y nos hacían falta un poco de tranquilidad antes de seguir.

De todos los museos que Internet me sugería, había uno que me llamaba la atención. Bien acorde a mis intereses, era un museo de historia (hasta acá todo normal), pero contaba con una particularidad: era un museo del comunismo, donde al contrario de la mayoría de los museos del mundo, se podía tocar todo lo que se exponía. No me lo podía perder.

Es muy interesante que ni siquiera parece un museo (menos mal que llevaba más de un mes practicando cirilico)

El Museo de la Vida Cotidiana Sovietica de Kazan es un lugar único, y es que parece cualquier cosa menos un museo. Es el lugar perfecto para los curiosos y nace a partir del sentimiento agridulce con el que los rusos de la actualidad ven su propia historia reciente, a los días de “gloria” del comunismo.

Camperas y sombreros de soldados comunistas, libros, encendedores, infinidad de juegos de mesa, juguetes y hasta video juegos de los 80. La colección es interminable y cualquier curioso podría pasar horas tocándolo todo, perdiéndose viendo las antiguas fotografías estereoscópicas sacadas por militares rusos, o simplemente jugando.

Justo antes de irnos, el clima nos dio un respiro y el sol se dejó ver lo suficiente como para calentar la ciudad de Kazan.

Decidimos ir a pasear al otro lado del Rio Volga, al gigantesco parque que rodea uno de los edificios más imponentes de la ciudad: el registro matrimonial.

Sí, no leyeron mal. Y no, no tenemos idea de por qué alguien asignaría una funcion tan común a un edificio tan extraordinario. Pero la forma del mismo sí que tiene una historia.

Está inspirada en una especie de formidable olla de cocina mongol llamada Kazan. Según la leyenda, ésta antiquísima ciudad obtuvo su nombre cuando un esclavo dejo caer accidentalmente un Kazan de oro del Khan en el río Volga.

Para completar la postal, para cerrar de manera idílica nuestro paso por la que resultó ser una de nuestras ciudades preferidas de Rusia, nos topamos sin preverlo con un centenar de familias con niños volando cometas. ¿Estos son los rusos que tan mala reputación tienen?

Más que nunca estamos seguros de que los estereotipos que pesan sobre la milenaria y castigada sociedad rusa no son más que ideas colocadas en el imaginario colectivo por fuerzas y razones que poca relación tienen con el pueblo ruso en sí. La hospitalidad, ya no solo de los pequeños pueblos rusos, si no también de las ciudades, se había vuelto una constante en nuestro paso por el país a bordo del Tren Transiberiano.

Nos despedimos de Kazan para tomar el último tramo hacia el Oeste. Dos meses después de empezar, de pisar las calles nevadas de Chita en el lejano Este, de cruzar la frontera china caminando, nos dirigíamos al fin a la legendaria capital rusa: nos íbamos a Moscu.


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