Astana: la capital más extraña del mundo

Frenamos tan de golpe que me sacudí en mi asiento. Me debía de haber dormido, no recordaba en que momento había anochecido. El helado aire nocturno se coló por la puerta cuando la abrieron para que suba un militar, y me di cuenta de que estábamos en la frontera. Celeste ya tenía los pasaportes en la mano. Habíamos llegado, a esas extrañas horas, a Kazajistán. Nos esperaban en Astana, la capital del país.

Cuando planeábamos nuestro viaje por Rusia a bordo del Tren Transiberiano de este a oeste, nunca se nos pasó por la cabeza la posibilidad de visitar Kazajistán. Pero a medida que nos acercábamos, y habiendo leído sobre otros viajeros que habían tomado el pequeño desvío para visitar la nueva capital que tan cerca queda de la frontera sur de Rusia, nos picó el conocido bicho de la curiosidad.

Así que nos tomamos un colectivo desde la ciudad de Omsk con destino a Astana, un viaje de 12 horas que hicimos mayormente de noche.

El militar caminó por el pasillo del colectivo controlando que todos los pasajeros tengamos pasaporte, luego bajó y con él bajamos todos para dirigirnos a la pequeña casilla del puesto fronterizo.

Una vez superado el trámite en ambos lados de la frontera, volvimos al colectivo y seguimos avanzando en dirección suroeste hacia Astana.

El sol de la mañana calentaba el mundo cuando al fin llegamos a la estación de colectivos. El primer desafío era que alguien nos preste su teléfono para llamar a Zhaslan, nuestro anfitrión de Couchsurfing.

– Todos los van a querer ayudar, nos dijo. Y tuvo razón. A la primer persona que, mediante señas, le pedimos que nos preste su celular para hacer una llamada, así lo hizo.

Un colectivo y 40 minutos después llegábamos al bloque de edificios de carácter soviético en las afueras de la capital en donde él vivía, y comenzaba nuestro viaje por Astana. Una ciudad que ya desde la ventanilla del colectivo se nos presentaba moderna y reluciente. Y vacía.

La ciudad vacía en construcción

Astana tiene ganada por goleada la reputación de la capital más extraña del mundo. Mientras caminabamos por las calles del distrito de negocios, fue imposible no sentirse impresionado por las extraordinarias obras arquitectónicas que abundaban en la ciudad.

Edificios de las más variadas formas, desde plazas de estilo europeo hasta un edificio gubernamental construido para replicar a la Casa Blanca de los Estados Unidos, pasando por todo el espectro posible.

Las torres futurísticas, los shoppings de tamaños imposibles y toda la parafernalia capitalista que uno pueda imaginar, contrastaban de forma casi grotesca con las imágenes de los héroes de las guerras mundiales que pelearon, por supuesto, por la Unión Soviética y el comunismo.

Mayor aún es el contraste con la gigantesca estepa que se extiende en todo el infinito horizonte, y es que ésta ciudad prácticamente no existía hace 15 años.

Sí, leyeron bien. En 1997 el presidente Nazarbaev decidió súbitamente mover la capital del país de su tradicional ubicación en Almaty (en el sur) a Akmola (en el norte), renombrándola Astana (capital, en el idioma de Kazajistan).

Este pueblo, poco más que una aldea, se vio de pronto envuelto en una fiebre arquitectónica tan extraordinaria como bizarra. Cada año la línea de edificios se hace más extensa y variada.

¿El resultado? Caminar por Astana produce una profunda sensación de caminar por una obra en construcción, una obra con claros tintes futuristas, en donde todo es nuevo y los abundantes espacios vacíos entre los extraños edificios dan a la imaginación de los curiosos una oportunidad para jugar.

Ésta es mi idea de jugar en una ciudad

Pero lo más extraño de todo es la falta de gente. Y es que la ciudad ha estado creciendo a un ritmo muy superior a la población. Si bien al ser la nueva capital y por lo tanto, progresivamente, el nuevo centro de negocios y político del país, y un gran porcentaje de la población (sobre todo los jóvenes) se ha mudado, se estima que recién en el 2030 la población llegara al millón de habitantes.

Así, apenas hay gente en Astana para disfrutar de las nuevas, espaciosas y hermosas plazas y los cuidados espacios públicos que tanto abundan en la ciudad.

Astana: la capital más extraña del mundo

Al igual que la mayoría de los nuevos habitantes de la capital, nuestro anfitrión de Couchsurfing, Zhaslan, vivía en los nuevos bloques de edificios que están siendo construidos en las afueras de Astana para alojar, principalmente, a la gran cantidad de mano de obra que se necesita para impulsar la construcción de la ciudad.

A medida que el colectivo nos llevaba desde su departamento hasta el centro, los edificios iban creciendo tanto en tamaño como en refinamiento.

Las grandes llanuras que se podían observar ya desde la zona en la que nos estábamos alojando, y el nivel de vida en el resto del país sobre el que nuestro anfitrión nos hablaba, contrastaba más que nunca con la ridícula opulencia de los grandes e imponentes edificios.

La suerte en cuanto al clima nos sonreía por primera vez en meses. Cuando llegamos a nuestra primera parada en nuestro viaje por Rusia, en el pueblo de Chita, la primavera nos sorprendió con una fuerte nevada y temperaturas bajo cero. Cuando poco más tarde tomamos la errada decisión de acampar en el Lago Baikal de Siberia, ya no queríamos saber nada con el frío.

Pero en Astana, por fin, tuvimos calor. El sol acaricio la ciudad durante los 4 días que allí estuvimos. Disfrutamos caminando por las grandes y casi desiertas calles y plazas de la zona céntrica de la ciudad.

Las distancias son enormes porque la proyección de la ciudad también lo es. La ambición de los gobernantes es convertir la nueva capital en el centro de negocios y tecnología de toda Asia Central.



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De entre todos los edificios extraordinarios, tal vez el más superfluo es la Torre Baiterek (al fondo de la primera foto), construida como ejemplo de la arquitectura futurista de Astana. A mi parecer, el edificio, llamado cariñosamente por los locales “chupa chups” por su forma de chupetín, no es más que una maqueta gigante.

En la otra punta de la ciudad, la Plaza de la Independencia es el nucleo de una serie de edificios y monumentos tan diferentes y fuera de lugar que parecen continuar perfectamente con el estilo de la capital.

La torre Baiterek desde la plaza principal
La nueva casa de gobierno, construida para parecerse a la famosa Casa Blanca de Estados Unidos
Columnas de estilo griego, una especie de arco romano y un altisimo poste bastante parecido al a la Columna de la Victoria de Berlin
La entrada al nuevo Museo de Historia Nacional

Si hay un lugar en toda esta extraña ciudad que nos cautivó de verdad, fue la mezquita Hazret Sultan, sin dudas la más impresionante que hemos visitado en todos nuestros viajes.

Es una de las más grandes de toda Asia Central, y su imponente e impecable fachada blanca con detalles en negro resplandecía absorbiendo la potente luz del sol primaveral cuando nos pasamos un buen rato admirándola desde el parque en el que se emplaza.

Adentro fuimos tan bien recibidos como en todas las mezquitas. El interior resulto ser al menos igual de impresionante que el exterior. Altos techos abovedados, portales en forma de arco que transmiten una sensación de espacio, las estupendas alfombras que cubren todo el recinto.

La pacifica espiritualidad de ésta mal interpretada religión se hizo palpable para nosotros entre esas paredes.

Nuestra visita a Kazajistan fue muy corta. Todo turista argentino debe registrarse en la policía a partir del quinto día que pasa en el país, un trámite que no nos sentíamos con ganas de realizar. Así que volvimos a lo que estábamos haciendo, volvimos a Rusia, a completar el recorrido del Tren Transiberiano.

El pequeño pero significativo vistazo que tuvimos, tal vez no de Kazajistan, pero sí de su flamante y extraña capital, nos sirvió para hacernos una idea de cómo los estados “satélites” de la toda poderosa Unión Soviética se han adaptado a su caída.

En éste caso, parece que el país atraviesa una marcada crisis de identidad. Por un lado, se encuentran los jóvenes como Zhaslan, que habla ruso como idioma materno y ve a Rusia como a una oportunidad de trabajar y mejorar su nivel de vida.

Y por el otro se encuentra la generación anterior, la que vivió bajo el yugo del Kremlin, la que desprecia al gigante del norte y todo lo que tenga relación que él.

El colectivo se alejaba en dirección a Ekaterimburgo y muy pronto la pequeña capital de Astana se convirtió en la interminable estepa, esa tierra que acoge sólo a los duros nómadas de las llanuras, y cuyos horizontes siempre invitan a soñar un poco más.


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