Un pueblo ruso y la hospitalidad de Chita

Acabábamos de llegar a nuestro primer pueblo ruso, a nuestra primera parada en el largo camino del Tren Transiberiano. Nuestras mentes apenas habían tenido tiempo de acoplarse al brusco cambio en nuestro entorno.

Nada era ni parecía lo mismo. Había cambiado el idioma y las letras en los carteles, el carácter de la gente, el clima y hasta la forma de las ciudades y los pueblos. Sólo una variante se mantenía, como a todo lo largo y ancho de éste mundo: la hospitalidad.

Conocimos a Matvei, nuestro anfitrión de Couchsurfing, en la entrada de su casa. Venía casi corriendo pero sonriente, y nos abrió enseguida las puertas no sólo de su hogar, sino de su pueblo.

Descendiente de una rama étnica de lo que una vez conformo el vasto imperio mongol llamada Buriat, paso su infancia viviendo el estilo de vida nómada de la estepa rusa. El movimiento corría por sus venas.

Chita es un hermoso paraíso escondido en un pequeño valle al este de Rusia. En su reducida extensión se encuentra todo lo que representa a la vida rural del pueblo ruso, desde las tradicionales casas de madera con sus Banya y sus chimeneas escupiendo humo al cielo y los suaves montes tapizados de blancos abedules, hasta los más recientes edificios remanentes de la era soviética.

El pueblo, poco más que una parada del Tren Transiberiano en los superficiales mapas del turismo, no recibe muchos extranjeros. Por ésta razón, nos vimos sorpresivamente convertidos por unos días en protagonistas de una vida social a la que no estábamos acostumbrados.

5 días de hospitalidad en un pueblo ruso

El primer día, después de un largo y divertido desayuno con la energética madre de Matvei (y luego de saciar su curiosidad), fuimos a visitar a su primo, uno de los pocos monjes budistas de éste pueblo ruso.

Estrechamos su mano y nos sentamos frente a su escritorio en su despacho. Inmediatamente sentí que habíamos aterrizado mágicamente en una versión en miniatura de los típicos templos budistas tibetanos que tanto abundan en el norte de India.

Las fotos del Dalai Lama y de la ciudad prohibida de Lhasa en el Tibet, las pequeñas ruedas de oración y los banderines con mantras abundaban y decoraban la habitación.

El monje se sentó pesadamente en su sillón frente a nosotros, sonrió y con Matvei como intérprete nos hizo algunas preguntas personales, a partir de las cuales después de un breve momento de meditación, dictamino con certeza que debíamos continuar viajando con dirección al oeste. Allí vamos, le dije, y sonrió conforme.

En contraste con la humilde decoración del templo budista, visitamos por primera vez una iglesia ortodoxa.

Ésta antigua rama del Cristianismo copiada del imperio bizantino y su capital Constantinopla (hoy Estambul), es tan distinta de todo lo que conocíamos que nos dejó pasmados nada más entrar.

El interior de la iglesia, de altísimos techos abovedados, relucía reflejando la luz en hermosos altares dedicados a los iconos de santos y santas, que proyectaban la luz de cientos de velas encendidas en su honor.

Las señoras circulaban lentamente de altar en altar encendiendo una vela ora sí, ora no, y dedicando rezos en murmullos a los iconos, con la cabeza tapada como si estuviéramos en una mezquita musulmán.

Al día siguiente nos levantamos temprano y desayunamos fuerte, ese día tocaba (después de mucho tiempo) respirar el puro aire de la naturaleza.

Matvei nos presentó a Stepan, un muchacho muy particular con el que fuimos a caminar por el monte.

Asiduo al ejercicio y al aire libre, Stepan parecía conocer cada árbol, hongo y raíz en el blanco bosque de abedules.

Bastaron unos minutos para que el ya de por sí silencioso pueblo ruso de Chita quede completamente enmudecido a nuestras espaldas.

Siguiendo a nuestro compañero le imprimimos un buen ritmo a la caminata y pronto alcanzamos la cima del monte.

Después de un mes respirando el aire contaminado de las mega-ciudades chinas, el frío aire puro del bosque llenaba nuestros pulmones generando en nosotros una profunda sensación de calma y regocijo.

Nos tomamos nuestro tiempo para descender. Cómo amo el ritmo de vida relajado en los pueblos (otra variante que no cambia en el mundo).

Esa tarde luego de un gran número de tazas de té con leche y un almuerzo vegetariano en la casa de Stepan, presenciamos el ensayo completo de su banda, que estaba preparando un concierto de música hindi para el cumpleaños de su madre.

No, así no, ¡mira! Te muestro de nuevo. Era la tercera noche y nos encontrábamos en la casa de la madre de Matvei junto a toda su familia.

Por supuesto que me hablaban en ruso, pero el mensaje muchas veces trasciende los idiomas de los interlocutores.

Estábamos (todos) preparando los tradicionales Bossip, una especie de dumpling hervido relleno de una mezcla de carne molida de vaca y de cordero (una delicia).

Cuando terminamos, mientras la madre empezaba a cocinarlos, la hermana de Matvei trajo una botella de vodka negro para que brindemos a la salud.

Antes, cuando les había comentado que mi familia había emigrado a Argentina desde Rusia hacia poco más de un siglo, no parecían muy dispuestos a creerme. Cuando, ignorante de las costumbres de la familia, me tome el vaso de vodka de un sólo trago, todos estallaron en carcajadas gritando Tbi Rushki, Tbi Rushki (sos ruso, sos ruso).



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El resto de la velada la pasamos entre risas y anécdotas, en familia. Que extraño fue sentir esa cálida comodidad, esa sencilla felicidad que provocan las reuniones familiares, como si nos estuviéramos reencontrando con miembros de nuestra propia sangre después de mucho tiempo.

Allí en Rusia, donde se encuentra la gente con la ridícula reputación de ser los más agresivos y cerrados del mundo, nos encontramos de repente sintiéndonos tan cómodos y contenidos en la casa de uno de ellos como lo estaríamos en las nuestras.

Viajar es una constante destrucción de estereotipos, pero eso no significa que dejemos de tenerlos ni que deje de sorprendernos cuando se rompen.

Abandonamos la casa de la madre de Matvei con la reticencia de quien está pasando un gran rato, pero teníamos que dormir. El día siguiente era domingo de Pascua, y a todo lo largo y ancho de la ortodoxa sociedad rusa eso era motivo de festejo.

Es curioso, en Rusia no se comen huevos de chocolate. ¿Sera ésta otra costumbre consumista creada por los mercadotécnicos estadounidenses y transmitida al mundo occidental?

No, cuando llegamos a la casa de María y su familia en las afueras de éste típico pueblo ruso, nos encontramos con huevos duros.

Eso sí, estaban pintados (en realidad tenían pegatinas) con clásicos motivos religiosos. La curiosa tradición, que yo asumo que es bastante más antigua que la de los huevos de chocolate que tanto nos gustan, consiste en tomar uno de los huevos y estrellarlo con otro sostenido por otra persona.

Al que se le rompe el huevo pierde, y se lo tiene que comer. Es una tradición sencilla, pero en ella participan todos los miembros de la familia, del primero al último (nosotros incluidos).

El almuerzo, para el que nos prestamos voluntarios a cocinar unas “pizzas argentinas”, transcurrió plácidamente entre vodka y vino casero en grandes cantidades, y preguntas de la sonriente familia que nos recibía en su hogar en esa fecha tan especial para ellos.

Nos fuimos casi a las corridas. Llegábamos tarde al último evento social al que nos habíamos comprometido en nuestro pequeño paso por Chita, la fiesta de cumpleaños de la madre de Stepan.

Al llegar nos encontramos con un salón lleno de gente sentada en una serie de filas enfrentadas a un espacio que claramente hacía las veces de escenario.

Llegamos justo antes de que empiece a tocar la banda de Stepan. Él, sonriendo efusivamente, nos hizo el honor de pedirnos que sentemos delante de todo para poder apreciar mejor el espectáculo.

Durante cerca de una hora nos perdimos en el ritmo familiar de las canciones indias que interpretaba la banda. El sol se colaba por los grandes ventanales a sus espaldas y nos daba en la cara, agregando calor a la ya cálida temperatura de la habitación, y dándoles a los músicos un aura un tanto mística.

Allí se encontraba casi toda la gente que habíamos conocido en esos días. Que fantástica forma de empezar nuestro viaje por Rusia, disfrutando de una hospitalidad sin comparación.

Cuando al día siguiente caminábamos hacia la estación de trenes para abordar una vez más el Tren Transiberiano, para seguir hacia el oeste como nos recomendara el monje budista, las calles de éste pueblo ruso ya no parecían extrañas, porque en su pequeña extensión sentíamos que habíamos vivido una vida entera.

Las plazas ahora evocaban recuerdos y las casas anécdotas. La nieve de la noche anterior, la que nos había agarrado a medio camino y nos había empapado, ya se había derretido, y el suelo de las calles brillaba entre sucio y mojado.

Eso fue Rusia, eso fue Chita desde un principio: fue su gente, fue su nieve, fue sus tradiciones, y por sobre todas las cosas fue su hospitalidad.


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