Odisea en la Gran Muralla China

Las piernas me temblaban por el cansancio. Allí donde la Gran Muralla China se fundía en un abrazo ininteligible con la montaña sobre la que reposaba desde hacía milenios, escalábamos con la convicción de que la única forma de terminar lo que habíamos empezado era seguir presionando, seguir avanzando a pesar del miedo que se alojaba en nuestras gargantas y del cansancio que nos quemaba en el cuerpo.

Nuestra gran aventura en la Muralla más maravillosa de todos los tiempos empezó esa cálida mañana primaveral en Pekin, China. Nunca nos hubiésemos imaginado hasta qué punto nos podría a prueba, ni el peligro en el que estábamos por poner nuestras vidas.

Hay varias secciones de la Gran Muralla China en donde se puede acceder a una caminata placida, aunque repleta de turistas, por los tramos reconstruidos de la misma.

Pero la Muralla tiene más de 5000 kilómetros, la gran mayoría de los cuales no están reconstruidos, ni sujetos a control. Esto, y un artículo que leímos en Internet, nos empujó a la búsqueda de una aventura en la Gran Muralla China, una que sin saberlo, nos llevaría hasta el límite de nuestra voluntad y nos pondría cara a cara con nuestros peores temores en más de una ocasión.

Llegamos a la aldea desde la que comenzaría nuestro ascenso sin contratiempos. El clima era inmejorable, y luego de comprar unas frutas en un puesto de la calle, comenzamos sin dilación a avanzar por el camino marcado con cintas rojas atadas a las ramas de los árboles.

Éramos Nina (una malaya que conocimos haciendo Couchsurfing en Pekin), Celeste y yo. Los tres avanzamos a paso tranquilo con el sendero de tierra que discurría entre los árboles y se adentraba en la ladera de la montaña.

Ya desde ahí se veía, en la lejana cima del monte, la Gran Muralla China. Celeste se preguntaba con constancia en voz alta si allí nos dirigíamos y yo, convencido de que era imposible que el camino sea tan largo, le repetía siempre que no.

Gradualmente, el camino se fue tornando más y más inclinado. El suelo de tierra se volvía más traicionero a medida que avanzábamos. Luego de cruzarnos con un grupo de 5 personas yendo en otra dirección al iniciar el trayecto, no volvimos a ver otra alma en la montaña.

Sin darnos cuenta, nos encontramos utilizando no sólo los pies, sino también las manos para avanzar. Los asideros eran los dispuestos por la naturaleza: ramas, troncos, raíces, rocas y salientes. Cada paso debía ser calculado, cada rama, cada raíz, debía ser probada en su resistencia.

De repente me quede en tablas con la montaña. Nos chocamos con una superficie de roca lisa en plano ascendente, con la única ayuda de una pequeña saliente en la ladera de la montaña. Uno a uno subimos lentamente, pegados a la cara de la piedra, pisando firme, tragándonos el susto.

Superamos esa prueba y entre risas nos asegurábamos unos a otros que había pasado lo peor. Pero el camino, desde ahí, no hizo nada más que empeorar.

El camino difícil

Una hora. Paramos a descansar y tomar agua. Dos horas. Deberíamos seguir, debemos estar cerca. Tres horas. Silencio, nadie quiere decir lo que todos pensamos.

El cansancio se adueñaba de cada uno de nosotros. Nos encontrábamos trepando por las mismas piedras, arrastrándonos por la tierra, poniendo todo el peso de nuestro cuerpo en una raíz, en una rama.

El sol, apremiándonos, se ocultaba ya por el Oeste detrás de una de las paredes del valle por el que ascendíamos. Teníamos miedo de tomar agua. Algo ya nos decía que el día no iría según lo planeado, y nos aterrorizaba quedarnos varados y sin agua en ese remoto páramo montañoso.

Cuando nos acercábamos a las 4 horas de escalada, nos encontramos con el camino más difícil. Un ascenso a 45 grados hasta donde llegaba la vista donde las opciones eran las piedras sueltas o la tierra resbaladiza. Lo encaramos con la convicción de que eso tenía que ser el final, ya no se veía la cima de la montaña al frente.

Entre gritos, indicaciones y una creciente desesperación por llegar, avanzamos hasta la cima. Ahora era seguro, ya sólo quedaba un obstáculo para llegar a la Gran Muralla China, que aunque no podíamos verla, podíamos sentirla.

Una piedra gigantesca nos bloqueaba la vista y el ascenso. Era demasiado grande para saltearla, demasiado lisa para treparla. Me encontraba justo debajo de la roca, con los pies aún en un plano inclinado, con Nina y Celeste esperando agarradas a un árbol unos metros más abajo.

Una pareja de chinos apareció por donde veníamos nosotros y con una rapidez digna de envidia subieron hasta donde estaba yo que, al verlos, decidí esperar a ver que hacían ellos con el obstáculo que nos detenía.

Pero ellos tampoco tenían idea de que hacer, por lo que se pararon en un camino que se alejaba por la ladera del monte a ver qué hacía yo.

La situación entera no debe haber durado más de un segundo, pero pareció una vida. Primero escuche eso que nadie quiere oír en la montaña: piedras cayendo.

El miedo me paralizó una fracción de segundo. El chino grito tal vez una de las pocas palabras que conocía del inglés, ¡careful! ¡careful! El instinto tomo las riendas de mi cuerpo, y salte de cabeza debajo de la gran piedra que pasó de ser un obstáculo a mi salvación.

Por dónde mi cabeza había estado un segundo antes, pasaron una, dos, tres piedras del tamaño de una sandía a gran velocidad. Las sentía rebotar contra la gran roca que se había convertido en mi protección, y el miedo de no poder darme vuelta para mirar a Celeste me llenaba.

Antes incluso de que el ruido de las piedras cayendo desaparezca, yo ya me encontraba gritando como loco, hasta que la escuche a ella diciéndome que todo estaba bien.

Decidí que teníamos que ponernos en una posición más segura y me moví a donde estaban los chinos. Celeste estaba a medio camino hacia mi cuando volvimos a escuchar las rocas cayendo.

A Celeste la paralizo el miedo y a mí la impotencia de no poder ayudarla. Las piedras la pasaron por al lado como si no quisieran tocarla.

Mientras al fin se acercaba a mí, los chinos y yo empezamos a gritar para que, quien sea que estuviera bajando por la ladera de la montaña, tuviera más cuidado. Entonces vimos a dos chicas.

Eran uruguayas, y rápidamente nos dijeron que venían de la Muralla, que en efecto estábamos al lado, pero que la misma estaba tan destruida que no había forma de avanzar. Que lo mejor era volver por donde habíamos venido.

Imposible, dijimos. No habíamos pasado por todo para irnos sin tocar la Gran Muralla China. Mientras yo intercambiaba información con las uruguayas (y en medio de semejante situación les contaba que soy entrerriano y que me encanta su país), Celeste se fue discretamente por el camino del costado del monte.

¡La Muralla! Gritó.

Todos corrimos. Ahí estaba. Que visión, que emoción. Llegamos a esas paredes erigidas en el amanecer de los tiempos, milenios atrás, y las tocamos. Las olimos. Las sentimos con el tacto, la caminamos, y la acariciamos con la vista.

Nos abrazamos, nos sentamos, respiramos. Tomamos agua, y sonreímos. Pero yo, consiente de la hora que era y de la cantidad de luz que nos quedaba, fui inflexible. Hay que seguir, dije.

Odisea en la Gran Muralla China

Empezamos a avanzar hacia el Este, con dirección a un tramo turístico de la Muralla desde donde nos podríamos tomar un colectivo de vuelta a Pekin.

No llegamos muy lejos. Pronto nos encontramos cara a cara con una pared de roca y ladrillos de unos 20 metros de altura que se erigía ahí donde el paso de los siglos había destruido la Muralla. No sabíamos qué hacer y el tiempo apremiaba.

De repente vimos, como si de una aparición se tratara, a una pareja bajando por la misma pared que nosotros habíamos tildado de imposible. Una vez nos alcanzaron, los atacamos a preguntas.

Venían del Este, nos dijeron que teníamos una hora muy difícil, dos paredes más como ésta, y luego llegábamos a la sección turística reconstruida, desde donde teníamos alrededor de dos horas hasta la salida.

La otra opción era, una vez más, volver. Lo dudamos, claro. Estábamos cansados y las matemáticas no daban. Íbamos a terminar en la oscuridad. Pero decidimos avanzar, en parte por testarudos, en parte porque la otra opción era pasar la noche en un hotel de la aldea del otro lado de la Muralla.

La pareja nos dio un sólo consejo: sigan las cintas rojas. Así que seguimos avanzando, seguimos presionando.

La Gran Muralla China, en su tiempo, fue construida sobre la sinuosa línea que forman las cimas de los montes del norte del país para defenderse de las constantes invasiones extranjeras. En la actualidad, gran parte de los más de 5000 kilómetros de la misma se encuentran prácticamente destruidos por falta de mantenimiento.

El camino alternaba pronunciadas subidas casi en vertical por segmentos destruidos de muralla que más parecían paredes que escaleras (y muchas veces así era), y bajadas aún más pronunciadas en las que teníamos que descender con la cola pegada al suelo para mantener el centro de gravedad lo más estable posible.

Que hermosa es la Gran Muralla China. Como una víbora celestial se extiende por los montes del Norte hasta más allá del horizonte. Es un símbolo que esconde en su siniestra dicotomia distintos significados.

Por un lado, es uno de los mayores monumentos a la voluntad del hombre, a la capacidad infinita de crear y construir de la humanidad. Por el otro, simboliza la obsesión que ha marcado siempre a las civilizaciones de querer separarse de lo diferente, de mantener a los “otros” afuera.

En un mundo que en el cada vez se construyen más muros y menos puentes, la Gran Muralla China que no alcanzo para detener las invasiones extranjeras, se alza triunfante como un recordatorio de que las divisiones no son nunca, pero nunca, una solución.

Y la teníamos para nosotros solos. Eso buscábamos, eso soñaba desde que era chico. La Gran Muralla China desplegándose hasta el horizonte, bañada por la luz del sol poniente, azotada por el viento, desolada en toda su magnificencia. En medio del agotamiento, de los nervios y del miedo, las sonrisas lograban aflorar en nuestras caras.

Pero la vista hacia el Este era muy distinta, porque marcaba el camino a seguir. Y allá, donde se termina la Muralla y la montaña asciende. ¿Cómo hacemos?

Cuando llegamos, vimos que efectivamente la Gran Muralla China había desaparecido y sólo nos quedaba una opción: escalar la ladera de la montaña. Las cintas rojas nos guiaron hasta la base.

Fui primero para encontrar el mejor camino. Del cansancio acumulado las piernas me temblaban, y amenazaban con no empujarme hacia arriba lo suficiente para alcanzar con la mano el siguiente asidero.

Con el instinto como guía, avance lento, con el fuerte viento tironeándome de la remera, por un estrecho espacio que se hundía en la pared rocosa hasta que alcance la raíz de un árbol, desde la que me impulse hasta arriba.

¡Ahí está! Grite, ¡la parte turística, veo una persona! Nadie contestó. ¿Y Celeste?

Todavía no habían arrancado. En español, le pregunte a gritos que pasaba. Nina no quiere subir, me dijo, no se anima. Subí vos, le conteste.

Ella pudo. Ella siempre puede. Ya cuando caminamos 160 kilómetros por el Himalaya de Nepal para llegar al Paso Montañoso de Trekking más alto del planeta me lo había demostrado.

Con Celeste arriba, no me quedo más que bajar. ¿Cómo? No tenia idea. Solamente sabía que Nina necesitaba ayuda, y que yo podía ayudarla. Encaramado a la ladera de la montaña, agarrado a un árbol como un mono, la vi. En su cara se leía la desesperación, la frustración.

Vayanse, me dijo, yo me las arreglo, no los quiero retrasar.

Estás loca, le conteste, acá vinimos juntos y nos vamos juntos, le dije. Vos podes, agregue.

Baje hasta donde ella se encontraba. La mente la había paralizado. Hicieron falta más palabras de ánimo, pero por fin logro dar un paso más. Y otro, y otro más. Sin aceptar mi ayuda, logro subir.

Ahora los tres estábamos arriba, y después de todo un día de dificultades podíamos ver el camino fácil. Pero todavía quedaba una última prueba.

Solo veía el vacío. En ese punto la Muralla se cortaba y reaparecía pasando una punta rocosa, pero la unión del otro lado de la roca era la pared.

Mi miedo a las alturas, que hasta el momento me había ayudado a mantenerme bien agarrado a las piedras, me venció. Me paralice.

Celeste lo vio en mi cara, y enseguida tomo el papel que le correspondía por la situación.

Dale Ariel, me dijo, vos podes, avanza lento, no mires abajo.

El miedo se adueñó de mí. No podía mover un milímetro del cuerpo. Sentía el corazón bombeando con fuerza, como si se esforzara en sacar el máximo provecho a sus últimos latidos, veía el abismo como un agujero y sentía, como ya había sentido en otra ocasión en los Himalaya, que el abismo me quería tragar.

¡Ariel! Me gritó Celeste, que se encontraba a un metro de mí, sacándome de mi ensimismamiento. ¡Tenes que avanzar, no hay otra!

Sí, pensé. Despacio, sentado sobre la piedra, con las piernas casi colgando en el aire, use mis brazos para moverme de forma lateral los metros que me separaban de la pared de la Muralla del otro lado.

La parte más difícil fue bajar un pie, porque ni yo, ni las chicas, podíamos ver donde pisaba. Milímetro a milímetro fui bajándolo con cada molécula de mi cuerpo en tensión, hasta que toque un ladrillo. Respire, y probé ponerle un poco de peso.

Estaba suelto. El balanceo típico de una baldosa que no encaja me sacudió con una nueva oleada de miedo que me aterrorizó, pero ya estaba encaminado. Sin soltar la piedra con las manos a mi espalda, apoye el otro pie y asome la vista. Encontré rápidamente la forma de bajar a un lugar más seguro, ya desde dentro del otro tramo de Muralla.

Que dulce que es el aire que se respira después del miedo. Ya allí, pude ayudar primero a Celeste, y luego a Nina, a bajar como yo lo había hecho.

La euforia se fue adueñando de nosotros a medida que nos acercábamos. Ya no había duda, aquella torre estaba reconstruida, y desde su ventana se veía a alguien sacando fotos. Aceleramos el paso con expectación.

Llegamos, y una vez más gritamos, nos abrazamos, festejamos. Una vez más, acariciamos a la Gran Muralla China con la vista en su infinita extensión hacia el ocaso.

Tardamos en total 6 horas, pero lo peor había pasado.

Volver a casa

Caminamos por la parte reconstruida de la muralla, siempre hacia el Este, durante casi dos horas. El camino era, entonces, cada vez más fácil.

Algunos tramos estaban reconstruidos en cemento, y otros en madera. Había vallas ahí donde el muro había colapsado, y hasta vimos puestos de té, ahora abandonados por la tardía hora en la que nos encontrábamos.

Nuestro ánimo se volvió eufórico. Ahora la sonrisa no escapaba de nuestros rostros.

¡Qué sed que tengo! Le grite al muro. Y en el siguiente escalón encontré una botella de agua mineral casi llena y cerrada.

Encontramos un camino que salía de la Muralla y discurría en dirección a una aldea, y lo seguimos. La bajada fue dura, siempre lo es. Es entonces cuando se castiga a las rodillas, pero el ánimo (y la gravedad) se encargaba de empujarnos.

Nos agarró la noche a mitad de camino hasta la aldea, pero seguimos, ya sobre un camino relativamente firme, con las linternas de los celulares.

Una hora más tarde llegamos a la ruta. La seguimos hasta la bendita aldea, donde una familia de turistas, con los ojos como platos al escuchar una versión muy reducida de nuestra historia, nos indicó cómo llegar a su hotel, donde nos podrían ayudar.

Un taxi hasta una estación de subte, y un par de estaciones después llegamos a la casa de nuestra anfitriona de Couchsurfing.

Nos desplomamos en su living, aun intentando procesar, mientras ella nos calentaba unos dumplings, todo lo que habíamos vivido.


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