La montaña es nuestra: en la cima del circuito de Annapurna

Si cierro los ojos todavía puedo recordar ese día minuto a minuto, puedo transportarme a cada momento y sentir lo que sentí, y ver lo que vi. Todo paso porque tenía que pasar, y cómo tenía que pasar. Me desperté en medio de la noche lanzando las mil maldiciones por el frio y por mis ganas de ir al baño. El clima gélido del Himalaya de Nepal se colaba por todas partes en la habitación de adobe pintada toscamente de blanco en la que dormíamos. Salí trabajosamente de debajo de las varias capas de frazadas que nos cubrían y me calce las botas. Ya tenía puesto todo el abrigo disponible, por lo que sólo tome la linterna y me aventure afuera para ir al baño, que quedaba a unos 20 metros de distancia de la habitación, en el ante ultimo hospedaje del Circuito de Annapurna antes del ascenso al paso montañoso de senderismo más alto del mundo, el Paso Thorung La.

Cuando abrí la puerta y el frio me golpeo de lleno en la cara, tuve solo unos segundos para hacerme a la idea de lo que estaba pasando. Recuerdo la paz que sentí en medio del silencio y el frio, y jamás me voy a olvidar de cómo la luna iluminaba un mundo teñido de blanco, y los infinitos copos de nieve que no dejaban de caer en la nevada iban pintándolo todo como pinceladas blancas sobre un papel oscuro. Al volver a la habitación y sacudirme la nieve de la cabeza y los hombros, tenía clara una sola cosa: Ya no dormiría esa noche, el día había comenzado.

El Himalaya es nuestro

Fuimos de los primeros en comenzar el ascenso porque tras 2 semanas de senderismo el cansancio nos pasaba factura en la velocidad. El sol no había salido aun cuando nosotros ya estábamos avanzando por la ladera de la colina, apenas distinguiendo con la ínfima ayuda de nuestras pequeñas linternas el camino a seguir en ese mundo de oscuridad y blancura infinitas. Pronto el resto nos pasó y nos dejó atrás. De a poco la luz se fue filtrando entre las nubes de forma difusa pero segura. Cada paso era un respiro, cada paso era un esfuerzo, un empujón hacia adelante, era una apuesta contra la montaña que escondía las piedras con su nieve, era un desafío a nosotros mismos.

Un mundo blanco

Cuando el sol ilumino lo suficiente las montañas como para que podamos verlas, me di vuelta y frene en seco. Nada me podría haber preparado para asimilar tanta belleza. Un desierto blanco brillaba con las luces del amanecer en los picos de algunas de las montañas más altas de nuestro planeta. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que estábamos solos, solos con uno de los paisajes más increíbles del mundo. Y también solos en nuestro desafío, solos en nuestro esfuerzo.


Podes leer el relato completo de nuestro paso por el Cirucuito de Annapurna haciendo clic acá.


El único camino es adelante

El mal de altura que tanto venia perdonando a Celeste por fin la alcanzo, y fuerte. Le costaba respirar y caminar, y el peso de la mochila la aplastaba.

Al llegar al primer y único descanso a 4900 metros sobre el nivel del mar en el último hospedaje de ese lado del Circuito, dije lo que ninguno de los dos quería escuchar, al menos no en voz alta, y le ofrecí volver, le dije que todavía estábamos a tiempo. Por suerte rechazo mi oferta, su testarudez (un atributo que felizmente compartimos) la obligaba a terminar lo que habíamos comenzado. “Esto se termina hoy”, me dijo, y seguimos.

El camino, que continuaba por la ladera de la montaña, se había congelado, lo que lo hacía intransitable sin el equipo adecuado. Mi testarudez, que minutos antes bendecía con una sonrisa, me empujo a intentar pasar sin ayuda, y estuve más cerca de caerme de lo que nunca hubiese querido, por lo que volvimos. Pero la batalla recién comenzaba.

Compramos un set de bastones de montaña en el hospedaje y volvimos a intentarlo. Esta vez lo logramos, y continuamos avanzando hacia arriba.

El cansancio nos presionaba y el mal de altura castigaba duramente a Celeste que hasta entonces nunca había sentido sus efectos.

La mejor cura contra el cansancio era la voluntad

Cuando el camino volvía a rodear la ladera de la montaña, se estrechaba hasta un punto tan angosto que mis pies no entraban juntos uno al lado del otro.

Con el corazón en la mano seguimos avanzando, Celeste adelante porque le era más fácil caminar sobre el hielo. A cada paso mis pies guerreaban contra el abismo que parecía atraerlos como un imán y yo peleaba mi propia guerra contra un miedo que se me alojaba en la garganta. Di un paso en falso, y mi instinto me hizo bajar el centro de gravedad para evitar caerme. Inclinado en una rodilla con todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo en absoluta tensión, como rendido ante un rey, mi espíritu por fin tiro la toalla. Me di por vencido ante la montaña. Pero la montaña no contaba con Celeste, que me dijo justo lo que necesitaba escuchar: “El único camino es hacia adelante”.

No hizo falta más. Saque fuerza de donde pude y avance dolorosamente lento por el camino que se extendía por cientos de metros. Lo peor había terminado, al menos para mí.

El cansancio y la falta de oxígeno iban lentamente mermando la fuerza y la voluntad de Celeste. Hacia horas que estábamos solos y a medida que pasaba el tiempo y ascendíamos, el viento empeoraba y el frio se nos metía en los huesos. Ya no sentíamos las manos ni los pies. Avanzábamos con los ojos entrecerrados, acallados por el tormento interminable del viento en nuestros oídos, empujados por la sola ilusión de cumplir nuestro objetivo.

El silencio era lo que más asustaba

“No puedo más” me dijo de repente, y se desplomo en una piedra a intentar, en vano, recuperar el aliento. Descargue las mochilas (a esa altura estaba cargando la suya y la mía) y me senté frente a ella. Me debatía pensando hasta qué punto podía presionarla y me aterraba su silencio. Entonces supe qué era eso que me estaba empujando, lo que me estaba dando la energía necesaria. Así como horas antes ella me había dicho lo que necesitaba escuchar, yo supe decirle lo que a ella le hacía falta recordar: “Este día, para bien o para mal, te lo vas a acordar siempre. Este es uno de los días más importantes de tu vida”. Cerró los ojos con fuerza y asintió, se paró y en silencio seguimos nuestra pequeña batalla contra los elementos.

Los banderines

Pensé que mis ojos me engañaban. Los Himalaya (y todo Nepal) están llenos de banderines de colores por todas partes, pero a esa altura y tantos, me resultaba sospechoso. No quería ilusionarme. Seguí avanzando en silencio, pero mis pies traicionaban con su ansiedad a mi mente, y aceleraban el paso sin mi permiso. Por fin, a la vuelta de una ladera tapada por varios centímetros de nieve, los vi.

Nunca grite tan fuerte, ni salte más alto, ni corrí más rápido. Nunca abrace a Celeste con tanta fuerza. Allá, a 5416 msnm, donde había una casita de té en la que tomamos el té más rico de nuestra vida, donde el viento nos hacía tambalearnos con su fuerza, donde no podíamos parar de reírnos por la euforia.

Allá, donde nuestro ascenso terminaba, se encontraba nuestro destino, se encontraba nuestra meta. Como la máxima metáfora de los ciclos por los que la vida nos va llevando, el ascenso condujo al descenso, y el fin de una aventura no fue más que el comienzo de otra.

Atrás nuestro, tapado por los banderines, había un cartel de felicitaciones. ¡Estábamos tan contentos que ni siquiera nos acordamos de mirarlo!

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