Japón: cuando las primeras impresiones cuentan

¿Cuánto se tarda en conocer un país? ¿Cuánto en conocer una cultura? ¿Un día, un mes, un año? Hay lugares, como India, en los que sentimos que una vida no sería suficiente para entender las profundas tramas que componen una sociedad determinada, y hay otros en los que todo encaja desde el primer momento, en los que tenemos esa sensación de que comprendemos, como si tuviéramos la respuesta en la punta de la lengua, el lugar donde de repente nos encontramos.

Nunca nos hubiésemos imaginado, cuando decidimos viajar a Japón, lo que nos íbamos a encontrar, pero así comenzó este viaje, un viaje donde nos dimos cuenta rápidamente de que las primeras impresiones, muchas veces, cuentan.

La atención a los detalles

No hace falta más que (intentar) tomarse el tren en cualquier ciudad grande de Japón para apreciar la casi obsesiva atención a los detalles que ponen los japoneses en prácticamente todo.

Desde la impresionante cantidad de líneas y estaciones distribuidas estratégicamente para hacer a cualquier parte de las ciudades accesible de forma eficiente, hasta los asientos calefaccionados en los vagones para soportar la dureza del invierno (lo de los asientos calefaccionados se extiende a los inodoros, y sí, nos encanta ese detalle), nada se pasa por alto, nada parece ser dejado al azar. Las puertas que no se azotan, la toalla húmeda descartable para lavarse las manos antes de comer, las chinelas en la entrada de los hostels y de las casas para no tener que caminar descalzo.

Curso intensivo de inodoros japoneses

La predisposición de la gente

Sí, es verdad que muchas veces la gente local tiene mayor predisposición a ayudarnos por el simple hecho de ser extranjeros, pero no por eso su esfuerzo debe ser desmerecido.

Nada más llegar a Osaka nos tomamos el tren desde el aeropuerto a la estación Namba, donde debíamos hacer una combinación con el subte para llegar a nuestro hostel. Tal vez haya sido por el Jetlag o porque llevábamos 5 días viajando desde la otra punta del mundo, pero la cuestión es que no había forma de encontrar la entrada al subte.

Se hacía de noche (en el invierno japonés anochece muy temprano), y seguíamos dando vueltas alrededor de la gigantesca y, francamente, confusa terminal de trenes, cuando un anciano nos vio con cara de perdidos y se acercó casi corriendo. Con un inglés muy limitado se las arregló para darnos a entender que quería ayudarnos. Le señalamos en un mapita el nombre de la línea de subte que necesitábamos tomar, la leyó, dijo algo en japonés, y salió corriendo.

Haya fuimos tras él, intentando seguirle el paso (increíble lo que corría el señor) con las mochilas a la espalda, hasta la entrada misma de nuestra línea de subte.


Si tenes pensado ir a Osaka podes leer la Guía que escribimos sobre los 9 barrios imperdibles de la ciudad.


Otro día una señora un tanto excéntrica (absolutamente normal para los estándares de excentricidad de Japón) nos paró en plena calle para darnos la bienvenida a su país. Contentos le agradecimos de corazón por el hermoso gesto, y tuvimos una de esas charlas en las que nosotros hablamos en inglés y la otra persona en su propio idioma, pero compartimos el lenguaje común de la sonrisa. La señora luego siguió su camino, pero sólo por unos minutos.

Se dio vuelta en plena calle, volvió apurada a nuestro lado, y nos dio una bolsita (que saco de una de las 5 carteras que cargaba) diciendo que lo íbamos a necesitar porque era muy importante. Una vez más le agradecimos efusivamente por el gesto y una vez más la señora siguió su camino.

Si bien en la bolsita había un rollo de papel higiénico empezado, y aún no hemos logrado descifrar el significado de semejante regalo (o porque la señora andaba con un rollo de papel higiénico en la cartera), seguimos el día contentos con la divertida y espontanea interacción.

(Un pedacito de) Japón a dedo

Terminamos la semana con una experiencia extraordinaria en la que vivimos de cerca lo que hasta el momento no eran más que eso, impresiones.

Nos fuimos de la increíble ciudad de Osaka con dirección a Hiroshima, en el oeste. Empezamos tomándonos un tren local a la cercana ciudad de Kobe desde donde, a pesar del frio que se hacía más duro a medida que pasaban las horas, nos paramos en una de las entradas a la autopista y levantamos el dedo a la espera.

El lugar no era ideal porque para frenar los autos debían hacerlo en un lugar “peligroso”, es decir, sobre una senda peatonal. Y los japoneses son sumamente respetuosos de las reglas y las leyes, tan estructurados y correctos que su personalidad a veces choca con nuestra visión “argentinesca” de las cosas.

Pero con paciencia siempre alguien para, dicen por ahí, y así fue. El primer tramo lo hicimos con un divertido señor que no por saber poco inglés iba a dejar de charlar con nosotros.

– ¿A dónde? Gritó desde la ventanilla de su auto, mientras frenaba en plena calle.

– ¡Hiroshima! Le conteste también a los gritos, más de emoción que otra cosa.

– Hiroshima no. Me dijo, decepcionado.

– ¡Nishi, nishi! Le grité yo, a la desesperada, usando la palabra japonesa para oeste.

Así arrancamos viaje al fin, y el señor, un hombre retirado que estaba viajando hasta Himeji, a 50 kilómetros de Kobe, a comprar almejas para cocinar esa noche, resulto ser de lo más agradable. Por una vez, en lugar de contestar a nuestro “Argentina” con “Messi, Maradona”, nos contestó “Cataratas del Iguazu”, “Patagonia”. Estábamos encantados.

Dontobori, en Osaka, es el ejemplo perfecto de lo que nos imaginábamos cuando pensábamos en Japón

Nos dejó en una estación de servicio sobre la autopista y allí volvimos a levantar el dedo a la espera de alguien que nos siga llevando al oeste. Volvimos a tardar casi 2 horas, pero al fin un joven que no hablaba una sola palabra de inglés, pero con el que nos comunicamos usando el Google Translate, nos llevó hasta una despensa ubicada al costado de una ruta camino a Hiroshima, a unos 60 kilómetros al oeste de Himeji, en el comienzo de la prefectura de Okoyama.

El ultimo tramo

Ni bien nos bajamos de su auto, no llegamos ni siquiera a acomodar el cartel y las mochilas que un señor nos hizo señas desde la ventanilla de su auto. Nos acercamos, y nos ofreció llevarnos hasta la ciudad de Okayama, capital de la prefectura del mismo nombre, a 180 kilómetros de Hiroshima (mitad de camino desde Osaka). Contentos por la rapidez con que volvíamos a la ruta, cargamos las mochilas a su auto y empezó una de las mejores experiencias que hemos tenido en nuestros viajes.

Matsuyuki es el fundador y dueño de una empresa que se dedica a la consultoría en materia de energías renovables. Estaba volviendo de un monte al que había ido a realizar un estudio para determinar su potencial para la utilización de energía sustentable cuando freno a comprar comida y, mientras esperaba a su esposa, nos vio. 

Después de poco menos de una hora, nos dejó en otra despensa en el cruce de dos rutas que no nos llevaban directamente al oeste. Nos preguntó tres veces si estábamos seguros de que íbamos a seguir insistiendo con llegar a Hiroshima y nuestra terquedad (¿o habrá sido nuestra necedad?) nos hizo decirle que sí. Todavía preocupado por nosotros nos dejó su tarjeta y nos dijo que en su casa tenían una habitación extra por si la necesitábamos. Le agradecimos, compramos algo para comer y cuando íbamos a volver a la ruta caímos en la cuenta de que estaba anocheciendo. El frio (y el cansancio) ya nos estaba pasando factura y nos dimos cuenta de que ni siquiera estábamos en la ruta correcta. Calcule que nos quedaba como mucho una hora de luz, y pasar la noche al aire libre en el crudo invierno japonés estaba lejos de nuestros deseos.

#Viajar es confiar en el lado positivo, del mundo y de la gente, de la suerte y del azar Clic para tuitear

Dando al fin nuestro brazo a torcer, entramos a la despensa a pedir un teléfono para llamar a Matsuyuki, quien a pesar de ya estar en su casa, nos dijo que lo esperáramos ahí y que él nos iría a buscar.

Que sensación extraña la de estar a la merced de la ayuda de un extraño, depender de su hospitalidad. Viajar es confiar en el lado positivo, del mundo y de la gente, de la suerte y del azar. Generalmente, las mejores experiencias son las que no se buscan.

Nosotros nunca buscamos estar atorados en la entrada de una despensa en un cruce de dos rutas poco transitadas a la salida de la ciudad de Okayama, en Japón, soportando los 2 grados centígrados de temperatura condimentados con un fuerte viento que se colaba a través de las varias capas de ropa que nos abrigaba. Pero allí estábamos, y de la bondad de un extraño dependíamos.

Por suerte, Matsuyuki y su esposa no andaban cortos de bondad. Ya en su hogar, nos hicieron un lugar disculpándose continuamente por no tener una casa más grande.

A nosotros nos pareció gigante. Como todo en este país, el espacio estaba aprovechado de forma eficiente e inteligente. Nos instalamos en el living mientras él trabajaba en su oficina y su mujer, que no hablaba una sola palabra de inglés, y que se rehusó en redondo a aceptar nuestro ofrecimiento de ayuda, cocinaba la cena.

De repente, nos encontramos cómodamente sentados en un sillón tomando una cerveza y viendo Netflix. No podíamos creer lo rápido e impredecible que se dan las cosas a veces en los viajes.

Hacia tanto frió que la cerveza no la guardaban en la heladera, la tenían en el patio

Unas horas más tarde, y después de nuestra primera experiencia dándonos un baño al estilo japonés (que yo por no escuchar las instrucciones arruine), estábamos sentados a la mesa.

La mujer de Mastuyuki había preparado el tradicional Nabe, una comida japonesa especial para el invierno que consiste en cocinar en un caldo especial directamente en la mesa, en una fuente (llamada justamente Nabe), los distintos ingredientes.

Después de un largo, y frio, día en la ruta, estábamos famélicos. Esa comida, compartida con Matsuyuki y su esposa en la calidez de su hogar, es el ejemplo perfecto de las razones por las que viajamos, y por las que decidimos interactuar con los locales siempre que podemos.

De postre tomamos el tradicional té verde, y conversamos durante horas sobre las distintas costumbres argentinas y japonesas.

Sí, se nos hacia agua la boca
Cenando en familia en Okayama

Panza llena corazón contento, pensábamos, mientras el paso del día al fin nos alcanzaba y el sueño nos apremiaba. Fuimos a la cama que nos habían preparado en la oficina de Matsuyuki, donde pensando hasta en el último detalle como es normal en su cultura, ya habían prendido la calefacción, y también una máquina que genera humedad, por si el aire se volvía muy seco. Por supuesto, dormimos como en una nube.

Y al día siguiente volvimos al camino, con la promesa de volver a visitarlos, con la esperanza de que la ruta nos vuelva a encontrar con gente tan increíble como ellos.

Éstas no son más que nuestras primeras impresiones de este milenario, diverso y extraordinario pueblo. Por ahora, nuestra ventura en el País del Sol Naciente no ha hecho más que comenzar.

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¡Qué tengan buenas rutas!


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