Kuala Lumpur: donde oriente se encuentra con occidente

Por unos segundos me falto el aliento. El sol desaparecía en algún lugar del horizonte y los rascacielos de la ciudad despertaban en un mar de luces titilantes, edificios gigantescos que desafiaban la lógica y se recortaban contra la oscuridad cada vez mayor del cielo nocturno. El viento soplaba con fuerza en el balcón del piso 29, pero no podía despegar mis ojos de la belleza en la que se sumergían. En el centro de ese océano de concreto se destacaban por encima de todos los demás, como gigantes entre simples humanos, las indescriptibles torres Petronas. Habíamos llegado a Kuala Lumpur, el lugar donde las montañas de cemento y los trenes de alta tecnología conviven en frágil armonia con los templos antiguos de oriente, estábamos en Malasia.

Kuala Lumpur es la capital de Malasia y una de las principales metrópolis de todo el sudeste asiático. Con más de un millón y medio de habitantes, esta joven ciudad fundada en 1857 por un grupo de mineros chinos es hoy un complejo espacio en extremo multitudinario en el que conviven las tres grandes culturas orientales, el hinduismo, el islam y el budismo, con el avance rampante de la occidentalización. El resultado es una urbe en la que los hornos tandoori de los indios, los comedores abiertos de los chinos y la comida picante de los malayos se encuentra a sólo unas cuadras de las grandes cadenas de comida rápida estadounidense; donde los templos hindúes, musulmanes y taoístas están a 20 minutos de caminata de los bancos internacionales y de centros comerciales que albergan las principales marcas del planeta.

Con una arquitectura fuertemente marcada por la influencia islámica y china, Kuala Lumpur es un deleite a los ojos de cualquier persona interesada en las maravillas de la arquitectura. No hay nada que me guste más en esta ciudad que salir a caminar y a mirar los edificios, todos extraordinariamente diferentes entre sí.

Cuando uno se acostumbra a no ver ni hacer algo, puede dejar de tener presente su existencia. Después de 9 meses viviendo en el desierto australiano y un mes en Indonesia sin ver un auténtico rascacielos, la visión del perfil arquitectónico de la ciudad desde el balcón del departamento de Jordan (nuestro anfitrión de Couchsurfing) nos dejó momentáneamente sin palabras.

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La vista desde el departamento de Jordan en el piso 27

Llegamos con la idea de pasar sólo unos días en la ciudad, pero cuando Celeste iba a retirar efectivo de un cajero automático en el Aeropuerto de Kuala Lumpur nada más llegar al país, su tarjeta fue retenida por una falla del sistema y a pesar de nuestra insistencia no hubo forma de que alguien nos dé una solución, y simplemente nos dijeron que la tarjeta sería destruida, por lo que necesitábamos tramitar una nueva. De esta forma accidentada, comenzó nuestro paso por nuestro país preferido del sudeste asiático.

El calor y la humedad son moneda corriente durante todo el año y no nos daban un respiro. El aire se hacía pesado y la transpiración nos molestaba pero no podíamos parar de caminar y de perdernos por los callejones de esta inmensa ciudad.

Al final del primer día que dedicamos casi por completo a solucionar el tema de la tarjeta de Celeste, Jordan nos comentó que esa noche se hacía en su barrio una feria callejera semanal, y allí fuimos.

Nos maravillamos con las linternas chinas de papel rojo colgadas por doquier, los puestos de comida, los estrafalarios juguetes, familias paseando y niños corriendo por todos lados, el ruido, las risas y las conversaciones, hombres y mujeres regateando los precios de los productos, tenderos en animosa camaradería. Caminábamos como dos fantasmas ajenos a todo lo que pasaba alrededor, como dos espectadores, saliendo de personaje sólo para generar pequeñas interacciones. ¿Dónde más podría comer una empanada de papa de Bangladesh junto a un puesto de comida china y luego disfrutar de postre de unos dulces indios? Como siempre, me sorprendí con la cotidianeidad de algo que para mí era tan llamativo, tan impresionante, y a la vez tan familiar.

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Linternas de papel

En Kuala Lumpur, como en todo Malasia (como en todo el sudeste asiático), la vida se vive en las calles. El centro turístico de la ciudad se encuentra en el China Town (barrio chino), una intersección de dos largas calles donde abundan los puestos callejeros, las linternas colgantes chinas, y la comida. Y como en todo centro turístico, abundan también los hospedajes para mochileros, los bares y los restaurantes, pero estos coexisten con la cultura local en perfecta armonía. En un gran comedor dentro del China Town al que nos encantaba ir, recuerdo siempre al grupo de ancianos chinos que ocupaban dos mesas todos los mediodías para tomar té (en enormes cantidades), discutir y reír a carcajadas.


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A poca distancia del China Town se encuentra el Templo Sri Mahamariamman, el templo hindú más antiguo de Kuala Lumpur y un hermoso ejemplo de esta colorida y compleja cultura. Su estructura principal es una torre piramidal de base rectangular decorada por una infinidad de figurillas de colores con significados religiosos.

Casi enfrente a este conocido templo, nos cruzamos de casualidad y entramos a un llamativo templo taoísta. Dragones dorados guardaban la puerta y contrastaban con el auspicioso color rojo de las paredes y las columnas, y adentro los inciensos llenaban el recinto de un familiar aroma. 

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Estructura central del Templo Sri Mahamariamman
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Entrada al templo taoísta
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Miles de diminutas estatuillas decoraban las columnas del templo
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Los inciensos son típicos en los templos taoístas

Kuala Lumpur es una ciudad para caminar, pero también para andar en tren. Las vías unen la ciudad y como venas en un cuerpo transportan personas de un punto a otro de forma rápida y eficiente. Su tecnología de punta los hace puntuales y confiables y sus ventanales impecables prometen un espectáculo en constante cambio a medida que se avanza por la ciudad.

Fuimos a la Mezquita Nacional, construida en 1965 en honor a la independencia lograda sobre el dominio británico casi una década antes. Con capacidad para 15000 personas, es una ampulosa muestra de la dominancia musulmán en el país. Sus hermosos jardines, piletones y el gigantesco espacio dedicado a los rezos bien valen una visita.

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Esta es la vestimenta obligada para visitar la Mezquita Nacional de Kuala Lumpur (te la dan gratis en la entrada), con 45 grados a la sombra, ¡nos estábamos cocinando vivos!
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La vista desde la Mezquita Nacional
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Saliendo de la Mezquita se puede ver esta hermosa imagen típica de Kuala Lumpur: Edificios coloniales en perfecto estado de conservación en contraste con los modernos rascacielos del fondo

No muy lejos de allí se encuentra la Plaza Merdeka, famosa por ser el lugar donde por vez primera se bajó la bandera británica y se izó en su lugar la bandera malaya que aún hoy ondea allí, en el mástil más alto del mundo. Nos íbamos dejando llevar por la arquitectura de la ciudad.

Volvimos a la casa de Jordan y preparamos las mochilas para el día siguiente. La tarjeta de Celeste aún no llegaba y no queríamos excedernos en la hospitalidad de nuestro anfitrión, así que nos cambiábamos a lo de Vivianne, a quien también habíamos contactado a través de Couchsurfing.

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Un bocado de china

Llovía, y no encontrábamos la dirección. La casa de Vivianne, por siempre después conocida por nosotros como la Vivi, quedaba en un barrio universitario del otro lado de la ciudad. Estábamos empapados, era de noche y no le encontrábamos la vuelta al asunto, así que optamos por el eterno “plan b” en este tipo de situaciones: buscar un lugar con Wi-Fi. Nos metimos a un restaurante a comer y a avisarle a Vivi donde estábamos.

Vivi resulto ser de las mejores personas que hemos conocido. Nacida y criada en el seno de una tradicional familia china en la capital de Malasia, nuestra nueva anfitriona tenía un entusiasmo desmedido y contagioso por el intercambio de conocimientos entre culturas.

En los días que pasamos con ella aprendimos sobre las costumbres chinas, como tomar agua caliente con las comidas para ayudar a la digestión, las diferencias entre budismo y taoísmo, la importancia del color rojo y demás. Nos llevó a comer a sus lugares predilectos de la ciudad, lugares que salían del circuito turístico y que nunca hubiésemos podido encontrar de no haber sido por ella, y nos dejó boquiabiertos al comunicarse perfectamente en mandarín, cantones, malayo e inglés. Nos enseñó más tarde ese día a cocinar un plato típico chino con una receta de su padre, un chef que emigro a Malasia hacía cerca de 50 años y como agradecimiento le cocinamos (Celeste le cocino) pizza casera al horno.

Junto a ella fuimos a las Batu Caves, un conjunto cuevas y templos incrustados en una colina a una hora del centro de Kuala Lumpur. Son uno de los puntos más importantes del hinduismo afuera de India y están dedicadas al dios hindú Lord Murugan. 272 escalones separan la entrada de las cuevas y los templos, y subir no es cosa fácil. El calor y los monos (y mucha gente) te acompañan durante todo el recorrido hasta la cima, pero una vez allí, las gigantescas e impresionantes cuevas proveen resguardo del sol con sus altísimos techos abovedados. Es realmente una maravilla tanto natural como cultural, y la vista de la ciudad desde arriba es inolvidable como mínimo.

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La gigantesca estatua de Lord Murugan guarda la entrada a las escaleras de las Cuevas Batu
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La vista desde la entrada a las Cuevas Batu

Otro día Vivi, decidida a mostrarnos otra cara de Kuala Lumpur, nos llevó al impresionante salón Jing-Si, donde desde hace muchos años funciona la sede malaya de la organización taiwanesa Tzu Chi. Esta fundación sin fines de lucro fundada en 1966 se dedica a dar ayuda material a los que lo necesitan y a inspirar los sentimientos de amor, comprensión y tolerancia tanto en los que dan como en los que reciben. Además de la caridad, Tzu Chi se dedica a los campos de la medicina, la educación, la protección ambiental y a un programa de apoyo internacional para víctimas de catástrofes, tanto naturales como humanas. Toda la fundación está compuesta por voluntarios, en su mayoría ancianos que han decidido usar lo que les queda de vida para hacer del mundo un lugar mejor. Vimos fotos de cientos de voluntarios que acudían a lugares de desastres a dar apoyo moral a personas que habían perdido sus casas y a sus familias, y fue difícil no tener esperanza en el futuro de la humanidad al ver que tanta gente se interesaba en dar ayuda no sólo material sino a un nivel mucho más profundo. A veces lo que más nos hace falta es un abrazo y un hombro sobre el que descansar la cabeza.

Teníamos acceso a todo el recinto debido a que Vivianne colaboraba activamente con donaciones a la fundación, y así (además de una buena dosis de suerte), pudimos contemplar a un grupo de ancianos practicando para un acto de conmemoración del año nuevo chino que estaban preparando. Algo increíble de ver, de escuchar y de contemplar. Vivi nos contó entre lágrimas de emoción que eran personas a las que a través de su trabajo colaborativo se les había dado un sentido mayor en la vida luego de retirarse de su trabajo.

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La impresionante entrada al Salon Jing-Si
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Estas hermosas esculturas eran la única decoración en el salón de meditación mas relajante que hemos visitado
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Los ancianos voluntarios practicaban para el acto de celebración del año nuevo chino

El día y nuestro paso por Kuala Lumpur lo terminamos con una visita al que se convertiría rápidamente en mi lugar favorito de Malasia: el parque Titiwangsa. Con un hermoso paseo rodeando un lago artificial, flores de loto, juegos para niños, familias descansando en el pasto y una vista panorámica de la línea arquitectónica de la ciudad, el parque fue una maravilla para todos mis sentidos, el lugar perfecto para leer un libro, descansar y alejarse del mundo de cemento. Fuimos al mediodía, y cómo es la peor hora para sacar fotos (debido a lo que los fotógrafos llaman “luz mala”), me prometí volver al atardecer algún día.

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El perfil de la ciudad desde el Parque Titiwangsa; 6 meses después cumplí con mi promesa a mi mismo y volví para sacarle una foto al atardecer (es la primer foto de este relato)

Para completar el increíble día que estábamos teniendo, Vivianne nos pintó unos cuadros en pergamino con tinta china tradicional y nos enseñó – intento, mejor dicho – a escribir nuestros nombres. Para dos viajeros que no acostumbran comprar suvenires, estos dibujos fueron un regalo inestimable. Al día de hoy cuelgan en nuestras paredes como recuerdo del inolvidable tiempo que pasamos en Kuala Lumpur, cuando tuvimos esa probadita de la China que esperaba a ser viajada.

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Pintar con tinta china sobre pergamino es mucho mas difícil de lo que parece
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El dibujo de Celeste esta firmado en escritura mandarin tradicional
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Y mi dibujo esta firmado en escritura mandarin moderna

Pero claro, no nos podíamos ir sin antes visitar las inmensas torres Petronas, así que allí fuimos ese último día. Vimos el atardecer pintar de anaranjado las millones de ventanas que componen las torres y luego a medida que caía la noche, las luces empezaron a iluminarlas como dos montañas de luz, imponentes en medio de una ciudad que es un mundo en sí misma.

La tarjeta de Celeste seguía sin llegar, pero la impaciencia nos ganó y decidimos seguir viaje y volver a buscar la tarjeta más adelante. Nos cargamos las mochilas a la espalda, nos despedimos de Vivianne, y nos fuimos. El viaje por Malasia no hacía más que comenzar.

Si tienen planeado viajar a Kuala Lumpur, pueden leer toda la información práctica que necesitan en nuestra guía haciendo clic acá.

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