Famosos por un día en Indonesia

El colectivo avanzaba a toda velocidad por un angosto y maltrecho camino rodeado de palmeras y verdes llanuras que terminaban en el hermoso mar de Bali. En mi memoria, la sucesión de exuberante vegetación rápidamente se convierte en el interior metálico y oxidado del gigantesco barco transbordador que une las islas de Bali y Java.

Mirando por la borda, una aventura quedaba atrás y otra adelante y durante unas horas estuvimos en ese limbo hermoso que el mar regala a sus viajantes.

La cotidianidad de la vida social a bordo del barco, en el que éramos los únicos extranjeros, nos daba la idea de que estábamos entrando al fin en una Indonesia más real, más local, mas autentica. No teníamos idea, en ese momento, lo acertado que podíamos llegar a estar.

De isla en isla

El cambio entre la plenamente turística isla de Bali y la menos explotada isla de Java es palpable. Nuestro colectivo avanzaba primero por pueblos y ciudades con mucha población y poca infraestructura, y luego por descuidados caminos de montaña que avanzaban entre un mar de espesa vegetación.

Había palmeras hasta donde llegaba la vista y los montes se extendían hasta el horizonte, tanto que costaba recordar que estábamos en una isla.

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Cruzando de Bali a Java

A través de Couchsurfing habíamos contactado a Ahmed, un muchacho de la ciudad de Jember que había accedido a alojarnos por unos días.

De repente, y sin previo aviso, el colectivero se detuvo en una pequeña aldea escondida en el monte y nos gritó que habíamos llegado a nuestra parada.

El hecho de ser los únicos que nos bajábamos era un claro indicador de que algo raro estaba pasando, y no exagero al decir que no llegamos a poner un pie fuera del colectivo antes de que una docena de personas se nos acercaran casi corriendo y a gritos para intentar vendernos taxis, ignorantes del hecho de que no teníamos idea adonde debíamos ir.

Pero algo me llamo la atención: parecían emocionados, hasta incrédulos, y por alguna razón no dejaban de sonreír.

Famosos en Java

Les devolvimos las sonrisas y caminamos hasta la entrada de un negocio, mientras las primeras gotas de lluvia nos empezaban a salpicar.

El revuelo no había terminado y enseguida Celeste tuvo que sacarse fotos con los dueños del local donde habíamos tomado refugio mientras esperábamos por Ahmed. Afortunadamente no tardo mucho, y menos de una hora después nos llevó a su casa.

Una vez allí, nos explicó que no estábamos en Jember, sino en una pequeña aldea llamada Sempolan, a las afueras de la ciudad. Nos aseguró que éramos los segundos extranjeros que los visitaban.

¿A Ahmed y su familia? No, a la aldea de Sempolan. Por eso nos miraba así la gente, sorprendida de recibir una visita de dos occidentales en su turísticamente intrascendental aldea.

Cuando caminábamos por la calle con Ahmed, la gente se frenaba a preguntarle por nosotros y el caminaba como el dueño de un circo mostrando sus dos nuevos especímenes: con paso seguro, el mentón arriba, sonrisa confiada y el pecho inflado.

Todo esto a nosotros nos causaba mucha gracia, y a la vez nos fascinaba pensar que habíamos encontrado de sopetón un lugar tan poco tocado por el paso atropellado de la occidentalización.

Pero nuestra aventura por esta tradicional aldea de la isla de Java no hacía más que empezar.

[bctt tweet=”De casualidad, habíamos encontrado un lugar ajeno a casi todo vestigio de la occidentalizacion” username=”viajandovivonet”]

Al día siguiente partimos bien temprano con Ahmed para acompañarlo a las escuelas donde enseñaba inglés. Apenas llegamos él se fue a la sala de profesores a arreglar unas cuestiones con la directora del colegio, y nos dejó para que vaguemos por las aulas.

Por supuesto, cualquier excusa es buena para los niños que no querían prestar atención a sus profesores, y nosotros, en detrimento de su plan de estudios del día, no hicimos nada por evitar llamar su atención.

Fuimos de aula en aula mirando, saludando, y devolviendo sonrisas que venían de todas direcciones tanto de los alumnos como de los profesores.

Cuando Ahmed volvió, nos pidió que hablemos con sus alumnos y que les expliquemos por qué es importante aprender inglés. Y allí me encontraba, en una escuela rural de una aldea en la isla de Java de Indonesia explicándole a un grupo de adolescentes que me escuchaban en silencio por qué estudiar inglés era una de las mejores cosas que podían hacer para su futuro. Son esos momentos en los que amo vivir viajando.

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Celeste contando sobre nuestro viaje a los chicos de la escuela
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Con un curso del colegio para varones de la aldea
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Celeste posando con su flamante club de fans

Hablamos en varios cursos, y luego en varias escuelas a lo largo del día, y para el final, nos encontrábamos en el patio de una escuela, micrófono en mano, contándole nuestra historia a todo un colegio.

Pocas veces hemos forjado recuerdos tan puros y hermosos. Cuando uno de los profesores del colegio me dijo, que ustedes les hablen los hace sentir importantes, me llego al alma, y me quedo para mi todas esas sonrisas guardadas en mi memoria.

Luego de la gira por las escuelas visitamos las casas de cada uno de los amigos y conocidos de Ahmed. Todas las familias nos recibieron como invitados de honor, y así nos hicieron sentir.

[bctt tweet=”Muchas veces, el idioma no es barrera para los que realmente se quieren comunicar” username=”viajandovivonet”]

La anciana madre de Ahmed nos sirvió jugo de palta y se llevó a Celeste aparte. Sin hablar una sola palabra se las arreglaron para charlar durante un buen rato y la señora no necesito más que sus manos haciendo señas para preguntarle si estaba casada, cuántos hijos tenia y si yo era un buen hombre.

Mientras tanto, yo pispeaba curioso para ver a Celeste y a la tierna anciana sonriendo en silencio mientras “charlaban” con una tranquilidad envidiable.

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Un profesor de inglés de otra escuela nos recibió en su casa con todos los bocadillos locales que su esposa había cocinado especialmente para nosotros cuando se enteró que estábamos en el pueblo.

Recuerdo también a un hombre, padre de un amigo de nuestro anfitrión, que me agradeció sonriendo de oreja a oreja, asegurando que era la primera vez que veía y saludaba a un extranjero. Nunca voy a saber si logre que entienda que los agradecidos éramos nosotros.

Hay veces en los viajes en que sentimos que nadie nos va a dar una mano, en que parece que el mundo está en nuestra contra. Pero también hay días como este, días en que no sabemos cómo responder ante tan abrumadora muestra de hospitalidad, sobre todo viniendo de gente que teniendo poco para dar, no duda en darlo.

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Pero el día paso rápido y el tiempo límite de la visa de turista en el país nos apuraba a seguir viaje. Nos despedimos de Ahmed en la estación de trenes de Jember, donde nos sentamos a esperar el tren a Yogyakarta intentando procesar todo lo que había pasado en sólo un día.

Aún nos quedaba una parada más antes de terminar nuestro paso por Indonesia, y la cosa se ponía cada vez mejor.


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