Leh: Montañas para el alma, banderines para el karma

El cansancio y el calor nos estaban pasando factura. Caminaba junto a Erik mientras Celeste y Ula se quedaron a la entrada del pueblo con las mochilas. Buscábamos un lugar donde dormir, perdidos entre callejones tranquilos, siempre rodeados de montañas. Los picos marrones contrastaban con el azul intenso del cielo y parecían mirarnos en silencio solemne. ¿Cuántos viajeros habrían llegado antes que nosotros? ¿Cuántos habrían perdido las palabras ante la belleza de este pueblo rodeado de gigantes? Mientras caminábamos por las empinadas calles de Leh, al norte de India, yo sonreía entre suspiros de cansancio, contento de estar una vez más entre las montañas del Himalaya.

Leh fue la última capital del reino de Ladakh, que existió y prosperó por su ubicación clave en las rutas de comercio entre Tibet, Kashmir, China e India. Hoy la ciudad pertenece al estado de Jammu y Kashmir y se encuentra al Este de la capital, Srinagar.

Es la capital del budismo en el estado del norte de India. A éste mundo volvimos.

Sí, volvimos. Porque fue como volver a Nepal, volver a ver las stupas en las esquinas de las calles, las ruedas de oración y los monjes haciéndolas girar para asegurarse el buen karma, los monjes budistas caminando tranquilamente por las calles o barriendo las entradas de los templos, los banderines con mantras y los tallados en madera de simbología budista en los puestos callejeros y, sobre todo, volvimos a ver las sonrisas calmadas en las caras de la gente.

Tardamos 3 horas pero finalmente, despues de mucho regatear, encontramos un hostel acorde a nuestro presupuesto, nos instalamos y descansamos.

El viaje de Srinagar a Leh en colectivo tomo 2 días (durmiendo en el colectivo), por lo que estábamos muertos. Los siguientes días nos los tomamos con calma.

Caminamos por la ciudad absorbiendo esa tranquilidad que suele respirarse en los pueblos de montaña. Será que a 3500 m.s.n.m. la gente sabe moverse despacio para conservar el aliento.

La ciudad ha ido creciendo, y si bien el centro turístico se encuentra en el valle, por las laderas de las montañas que la rodean se pueden ver filas desordenadas de casas de adobe que han ido escalando poco a poco en busca de un lugar en esa hermosa tierra.

Escalamos entre estas callecitas ante las miradas extrañadas de los locales, tal vez poco acostumbrados a ver extranjeros de ese lado del pueblo. Desde ahí tuvimos nuestra primera panorámica de la ciudad, una vista difícil de olvidar.

Hay pocos árboles y menos vegetación en el valle que acoge a Leh, por lo que el paisaje es una sucesión de distintos tonos de marrón, con montañas erguidas en todas direcciones, con los picos nevados del Himalaya mirando desde lejos, dándole una nota de contraste a esta paleta falta de colores.

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Abajo, la Ciudad de Leh, y al fondo y arriba, el ancestral Palacio del Rey de Leh.

Los Extranjeros Locales de Leh

Las otras notas de color en este mundo marrón venían de la cima de algunos de los montes que rodeaban la ciudad, así que allí fuimos.

Hicimos el fácil ascenso hasta la entrada al Palacio de Leh, construido en el Siglo XVII replicando al Palacio de Potala en Lhasa (ciudad sagrada y capital del Tibet), residencia ancestral de los Dalai Lamas durante 7 siglos hasta que China ocupo el país.

Como en la mayoría de los puntos turísticos de mayor renombre en India, habia un precio de entrada para locales y otro astronómicamente diferente para extranjeros (las diferencias superan normalmente el 1000%).

Nuestro amigo Erik, el vasco que conocimos en Srinagar, se me adelanto solo un metro cuando nos acercábamos a pagar la entrada y dijo, imitando la tonada india:

– Cuatro tickets para locales.

– Pero, ¿usted es indio?

– Sí, soy de Tamil Nadu. – éste estado es el más Sur del país y en él se habla un dialecto muy complejo, por lo que en general en el resto del país hablan en inglés – Mi padre es español y mi madre india. Mire, ella es mi hermana. Agregó poniendo a Celeste, que se había acercado a ver la situación (yo me tuve que alejar para reírme), enfrente de la ventanilla.

Para consternación de mi compañera, cuando la chica de los tickets la vio, se le fueron las dudas. Y para rematar, termino dándonos los cuatro tickets a precio de local, incluso a Ula y a mí, que no podríamos ser físicamente más diferentes de los indios.

Tardamos poco más de 2 horas en recorrer hasta el último recodo del Palacio, en el que el mayor valor estuvo, para mí, en las muestras fotográficas y exposiciones de su interior, y en las vistas panorámicas alucinantes de sus pequeños balcones y grandes azoteas.

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Vista de la Ciudad desde uno de los tantos balcones del Palacio.

Desde la misma entrada al Palacio el camino de tierra sigue ascendiendo por la colina hasta un edificio que me llamaba mucho más la atención: el Monasterio Namgyal Tsemo.

La fachada en blanco y rojo contrasta contra el marrón tierra donde se asienta y el azul del cielo a su espalda. El camino era empinado, pero hay algo en las montañas, un llamado, una necesidad de llegar más alto que nace de nuestro propio instinto.

La curiosidad empuja nuestros pies cuando nuestra mente y nuestros músculos nos gritan que paremos. Tenemos que ver que hay más allá, más arriba, más adelante.

Esta fuerza invisible que nos mueve es la misma que sentíamos cuando caminábamos por los Himalayas de Nepal, una sed de bañar la vista con belleza, de que el viento nos despeine y nos despierte, que el olor del aire fresco nos llene los pulmones y el dolor del cuerpo sea un mero recordatorio de que estamos despiertos, de que estamos viviendo, y no solo sobreviviendo.

El monasterio está rodeado de miles de banderines. Un poste tapado de estos mismos en la cima más alta de la colina, a la que se llega a través de un camino un tanto estrecho, es la corona de una visión espectacular. La energía que circulaba por esos senderos era palpable.

No sé cuánto tiempo estuvimos ahí sentados los cuatro, charlando de a ratos, en silencio también, absorbiendo con los sentidos un momento más grande que nosotros, un paisaje capaz de conmover al más duro de los corazones. ¡Cuántos colores había detrás de ese templo! Los banderines, hay que ver esos miles de banderines de colores con mantras, dando color al mundo.

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El Monasterio descansando en la cima de la colina.
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Tapizado de colores.
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Pase un buen rato imaginando como colgaron estos y que tan larga es esa cuerda.
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Nos faltaban los sandwichitos y hacíamos un picnic.
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Y con ustedes Erik, el Vasco/Indio de Tamil Nadu.

Relato de un Día Bizarro

Cuando se vive en constante movimiento, hay situaciones cotidianas que tenemos que resolver de formas alternativas a como lo haríamos si viviéramos en un lugar fijo.

Nos cortamos el pelo mutuamente, somos nuestros propios costureros y zapateros, y lavamos nuestra ropa a la antigua (o lo que yo considero a la antigua): con un balde de agua y jabón. Así empezó otro día bizarro en la India.

Como sabíamos que en la ciudad estaban teniendo problemas con el agua en parte por la cualidad desértica del suelo y la escasa cantidad de agua de deshielo, y en parte por la abundante contaminación del ya escaso flujo natural de agua, esperamos varios días hasta tener una buena cantidad de ropa para lavar.

Cuando mi cantidad de ropa interior limpia estaba llegando a su límite, fui a pedirle al encargado del hostel un balde, cosa que hemos hecho en todos nuestros viajes.

Su respuesta nos desconcertó. Nos dijo que en Leh era ilegal para los extranjeros lavar la ropa de esta manera, que podíamos dejársela a él para que la lave en el lavarropas, pagándole más de lo que nos saldría comprar ropa nueva, literalmente.

No conforme con esto, y después de una acalorada discusión, agarramos la ropa, dos baldes que había en el patio y salimos a la calle. Caminamos y caminamos, y preguntamos a la gente, pero seguíamos sin conseguir agua para lavar.

Me impaciente, le deje toda la ropa a Celeste, agarre los baldes y me fui con la consigna de “no vuelvo sin agua”. La situación me sonaba ridícula, por lo que caminé más todavía, y cuando me había alejado diez cuadras del hostel colina abajo, me dije que no tenía sentido seguir porque no iba a poder volver cargando los 40 litros de agua colina arriba tanto tramo.

De todas formas, estoy decidido a no volver sin agua. Veo una construcción y decido entrar – ¡acá tiene que haber agua! – y repito “pani, pani” (agua en hindi) y muestro los baldes.

Discuten un rato entre ellos, yo insisto en mi pedido hasta que uno de ellos me indica que lo siga. Avanzamos por donde vine y, en la base de la subida que lleva a la calle de nuestro hostel, dobla y me hace pasar por el costado de una tapia, el día solo se ponía más y más extraño.

En frente mío solo se veían sábanas blancas, decenas, colgadas en líneas sucesivas a lo largo de un terreno baldío de unos 200 metros de profundidad.

Entre estos mantos blancos gigantes iba avanzando con los baldes a los costados tratando de no perder a la única persona que se había prestado a ayudarme en ese ridículo día.

Cuando llegamos al fondo encontramos un centro de lavado que se parecía tanto a las operaciones de fabricación de drogas que se ven en las películas de Hollywood que me hizo reír, a falta de otra reacción más adecuada. Mi nuevo amigo se puso a discutir, y parecía que no éramos bien recibidos.

Yo sólo entendía el ocasional “pani”. Después de un rato me dice que me acerque, que me van a dar agua. Doy unos pasos y veo que mi amigo se da vuelta, camina un poco, se trepa a un árbol y salta una tapia. Y ahí quede pintado, mientras la operación pseudo-clandestina de lavado continuaba.

Después de un rato me volví a impacientar, así que me acerqué a la bomba de la que estaban sacando el agua y le repetí mi escueto discurso de “pani, pani”.

De mala gana, me llenaron los baldes, a lo que les agradecí, y caminé esquivando sábanas blancas hasta llegar a la calle donde, afortunadamente, estaba Celeste que se había cansado de esperar y me había ido a buscar.

Terminamos lavando la ropa allí mismo al costado de la calle, donde todo local que pasaba frenaba a ver el espectáculo de dos extranjeros lavando ropa en la calle como ellos mismos hacen, y a ofrecernos un poco de amigable conversación entre sonrisas sinceras.

A pesar de la frustración, y de que una tarea de 20 minutos nos tomó casi 2 horas, volvimos al encuentro de nuestros amigos con sonrisas cansadas en las caras (una buena dosis de frustracion con el encargado del hostel).

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Por supuesto no tenemos fotos de ese día, pero acá va una de un monje budista en las ruedas de oraciones en el mercado de Leh.

Una Ultima Mirada

Como suele pasarnos, en los últimos días en Leh tratamos de hacer todo eso que queríamos hacer, pero veníamos dejando para después. En algún rincón de Internet leí sobre un Santuario para Mulas, y por alguna razón todavía más misteriosa, estaba empecinado en ir. Así que allí nos dirigimos uno de los últimos días.

A medida que nos alejábamos de la ciudad el camino se volvía cada vez más solitario. Seguimos avanzando bajo el fuerte sol de un día sin nubes, cruzamos el arroyo y nos adentramos por un camino de tierra.

No sé qué pretendía encontrar, pero lo que vimos nos hizo reírnos con ganas. El “santuario” era poco más que un morral con unas diez mulas, ningún cuidador, ningún turista, el portón de madera escrito con pintura a mano ni siquiera estaba abierto.

Había un número de teléfono escrito, pero no teníamos celular, y por más básico que era el santuario, no me iba a ir sin sacar algunas fotos y acercarme un poco a las mulas, así que me trepe por el portón y me acerque, pero como sabíamos que eran animales rescatados, mantuve una respetuosa distancia para que no se sientan intimidados.

El santuario recibe las mulas abandonadas o nacidas en la intemperie y las cuida y alimenta. En teoría. Si es verdad o no, no lo pudimos descubrir, porque no había nadie a quien preguntar.

De esta forma emprendimos la vuelta, que por alguna razón siempre es más corta que la ida (hay quien dice que por que a la ida se está ansioso por llegar y a la vuelta no). Nos quedaba un lugar más que nos llamaba constantemente la atención: la Shanti Stupa.

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La Shanti Stupa en todo su esplendor.

A la vista desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, esta gigantesca stupa blanca, construida en 1991 con la ayuda de una delegación de budistas japoneses, contiene reliquias de Buda en su base y es una de las Stupas de la Paz. Su ubicación geográfica regala una hermosa vista de Leh envuelta de montañas.

El edificio en sí es imponente a la vista, los colores que decoran el blanco de la estructura principal brillan suavemente mientras absorben la luz del sol.

Apoyados en la baranda, con el viento en la cara, tuvimos una última visión de esta hermosa ciudad que difícilmente vamos a olvidar. Comiendo samosas y pan casero en las calles, siempre llenas de gente, de comerciantes, de puestos de artesanías y de comida.

Una ciudad tan empecinadamente paciente y respetuosa que a pesar de ser uno de los bastiones del budismo en el Sur de Asia (junto con Dharamsala), acepta con los brazos abiertos a los musulmanes de la zona, que han erigido dos enormes mezquitas en el centro mismo de la ciudad y conviven en paz con sus vecinos, a pesar de las diferencias étnicas y religiosas.

Una ciudad rodeada de nuestros ya amados Himalayas, protagonistas de infinitas aventuras de infinitos viajeros que se han perdido en su indescriptible hermosura, y que en su basto silencio han encontrado más de lo que buscaban, más de lo que creían que podían encontrar.

Eso es Leh, es paz, es convivencia, es respeto, es el resplandor de una época que fue, una puerta hacia un pasado glorioso en el que lo místico pesaba más que lo material, y así lo recordaremos siempre nosotros.

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Así termina el relato de nuestro paso por Leh, pero todavía nos quedaba una aventura más en los Himalayas, un viaje de dos días por una de las rutas mas hermosas del mundo.


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