Srinagar: Ni India ni Pakistán, Kashmir

“Mi pueblo sufre” nos dijo, y nunca olvidaría estas palabras. El sol del mediodía caldeaba el ambiente de la mezquita, pero sus palabras eran frías como el hielo. Me dolían las piernas y la espalda por las horas que llevábamos sentados charlando con el grupo de religiosos que pasaban los días sagrados del Ramadán rezando en ayuno, pero estaba atento a cada palabra, sorprendiéndome una vez más en este país de que pueda existir un conflicto tan grande por tanto tiempo, sin que a nadie en occidente parezca importarle. “Todos quieren nuestra tierra, pero nosotros solo queremos paz, no somos indios, no somos pakistaníes, somos kashmiris”. Estábamos en la Mezquita Jama en Srinagar, en el norte de India, estábamos en Kashmir.

El Conflicto en Srinagar

Caminar por Srinagar es caminar entre militares. En donde sea que se crucen dos calles principales se encuentra una barricada con dos puntas de ametralladoras apuntando hacia afuera.

El conflicto entre India y Pakistán por el estado de Kashmir, que por su parte quiere su propia independencia, no es más que otra de las herencias de la desordenada salida de los británicos en 1947, cuando decidieron trazar las líneas territoriales de estos y otros países de la región a mano alzada y sin apenas considerar las diferencias étnicas y culturales.

De esta forma fueron separados hermanos y primos, familias enteras cortadas con tijera por la mitad solo para ser víctimas de la ambición de las nuevas grandes naciones del Sur de Asia.

Cuando los pakistanies intentaron tomar la región en el mismo año de la partición, el gobernante de Kashmir, Hari Singh, le pidió auxilio militar al flamante estado indio, que de inmediato se movilizo, e inicio su primera guerra por el estado del norte.

El Maharaja (príncipe) Hari Singh firmo ese mismo año un acuerdo para ceder el estado a India a cambio de esta ayuda. Con este acuerdo como fundamento, los indios apelaron ante la recién formada ONU, que rápidamente ordeno a Pakistán retirar sus fuerzas armadas de la región.

El pedido fue ignorado y el conflicto armado continuo hasta 1949 cuando ambas partes accedieron a un alto al fuego.

Un referéndum público y libre fue prometido al pueblo con el objetivo de decidir su propio futuro, pero dicho referéndum nunca llego a materializarse. Las fronteras “en conflicto” quedaron como estaban cuando se produjo el alto al fuego, con un 65% de la región en manos de los indios y el resto en manos de Pakistán.

Esta parece ser la mayor constante en la historia de la humanidad, los deseos del pueblo de a pie fueron ignorados, apenas peones en el juego de los gobernantes, un punto de apoyo para el poder.

Los kashmiris tuvieron la desgracia, como tantos otros pueblos antes que ellos, de nacer en una tierra ventajosa para las esferas de poder, ya sea por su disponibilidad de recursos o por su ubicación geográfica.

En 1957 el estado de Jammu y Kashmir fue oficialmente adherido a la Nación India.

Las guerras, y los posteriores alto al fuego, se fueron sucediendo a lo largo de los años (1965 y 1971). En 1972 la primera ministra india, Indira Ghandi, firmo el Acuerdo Simla con su contraparte pakistaní accediendo a resolver el conflicto pacíficamente, pero este acuerdo no se llevaría a efecto.

En 1975 Ghandi declaro estado de emergencia en el país, y fue derrotada en las elecciones de 1978. Mientras tanto, su contraparte en el Acuerdo fue colgado hasta la muerte durante el golpe militar de 1977.

A estas alturas el pueblo se mostraba en su mayoría a favor de separarse de la Unión India y adherirse a Pakistán, sobre todo debido a los reiterados intentos del gobierno indio de imponer a candidatos pro-india y fáciles de manipular en el gobierno de Kashmir.

En 1989 se organizaron grupos independentistas y pro-pakistanies que expulsaron a la gran mayoría de los hindus de la región antes de que el ejército indio intercediera.

Los intentos a medias de conseguir la paz continuaron, pero la gente de la región siguió constantemente envuelta en medio del conflicto.

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La Venecia de India

El colectivo nos dejó en una estación a varios kilómetros de Srinagar. Hicieron falta dos buses de línea y casi una hora caminando para llegar a la casa de la esposa de “Uncle”, el hombre que nos había alojado unos días en Pokhara, en Nepal, antes de hacer el Trekking de los Annapurna.

La mujer nos recibió con el poco ingles que conocía, nos sirvió Te Kashmiri y nos habló un poco de su vida. Hacia 20 años que su esposo se había ido a vivir a Nepal, donde había instalado su negocio de telas de Cachemira y desde donde manejaba las exportaciones de azafrán a China junto con su único hijo, Ashiq.

Su casa era una típica casa musulman, con alfombras, imágenes religiosas y un Corán en cada habitación. Y también exudaba esa hospitalidad tan típica de ellos, ese sentimiento de deber de tratar bien a las visitas, de hacerlos sentir cómodos.

Esa misma tarde salimos a conocer la Srinagar. Mitad por casualidad, mitad arreglado, nos encontramos con Erik y Ula, una pareja que conocimos en el colectivo. Aunque ambos hablaban perfecto español, me matarían si dijera que eso son: él proviene del país Vasco, un pueblo que al igual que el Kashmir, lleva tiempo peleando por su independencia en un mundo donde parece que todo importa menos lo importante: la voluntad de la gente. Ella es polaca, pero hace años que vive en España, y más tarde en el País Vasco.

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No me creció la barba de repente, ese es Erik.

Juntos caminamos sin descanso por la hermosa Srinagar. Alejada de las ciudades indias donde impera el desorden y la acumulación de basura en las calles, la ciudad es considerablemente más limpia.

Avanzar por la ribera del río Jhelum, que atraviesa la ciudad en varias direcciones, llenándola de puentes y canales, como venas que alimentan la ciudad, y se tiñen de rojo y anaranjado a las horas del atardecer, era nuestro pasatiempo favorito.

El río alimenta el sagrado Lago Dal, donde decenas de vendedores intentan conseguir clientes para los viajes en “Shikara”, unos botecitos típicos empujados a remo por un hombre.

A pesar de que los locales no podían creer que íbamos a subir caminando, avanzamos por el empinado camino que llevaba a un templo hindu dedicado a Lord Shiva, ubicado en la cima de un monte, desde donde conseguimos una hermosa vista de 360 grados de Srinagar, una vista tan sorprendente que hizo que valiera la pena el ascenso a pesar de que el templo en sí no llamaba para nada la atención.

De vuelta en la casa, charlamos y cenamos con la madre y la hija. La primera no paraba de ofrecernos sus trabajos en telas y alfombras para que le compremos, la segunda estaba sólo interesada en nuestras vidas, en nuestra libertad, algo casi desconocido en una India donde los matrimonios arreglados no son un acontecimiento aislado sino la norma.

Ella tenía suerte, sus padres la dejaban elegir lo que iba a estudiar, y tal vez hasta a su marido.

Cuando la madre entendió que no iba a vendernos nada, su interés por nosotros casi desapareció, se generó una situación un tanto incomoda como no nos había pasado casi hasta entonces.

Se notaba que no nos quería ahí, no dejaba de preguntarnos cuando nos íbamos. Después de 3 días decidimos que no había razón para forzar una situación que no funcionaba, así que nos mudamos al hostel donde estaban parando Erik y Ula.

Una de las mayores verdades de los viajes es que cada uno elige las personas que lo rodean. No hay imposiciones de la sociedad, no hay una clase de la universidad con gente que no se aguanta, no hay un trabajo en una oficina rodeado de insoportables.

Cuando viajamos, si no nos gusta la gente que tenemos cerca, simplemente seguimos nuestro camino.

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Las famosas Shikaras de Srinagar.
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Paseando por los Jardines Botanicos.

El hostel quedaba en una de las veredas o muelles de madera que prácticamente flotan sobre el Lago Dal. Abundaban las House-Boat (casa bote), que iban desde precarias instalaciones sobre balsas de madera, hasta casas flotantes en toda regla.

El camino para llegar a nuestro hospedaje se adentraba por unos callejones, siempre rodeados de agua, que se alejaban del ruido de la calle principal de la ciudad y daban un silencio y una paz al lugar que siempre nos hace bien.

Los días siguientes seguimos caminando y caminando. Los Jardines de los Mughal, o Nishat Bagh, son una hermosa extensión de pasto, flores y arboles gigantescos, todo en una sucesión escalonada de vista al lago, y atravesado por una estructura de agua impresionante.

El jardín fue construido por un emperador Mughal para su esposa, al igual que el famoso Taj Mahal (parece que construir monumentos hermosos para las esposas era el pasatiempo de estos emperadores).

Sentados en el pasto hablando de la vida, se nos acercó un anciano y se sentó a charlar con nosotros. Resulto ser el jardinero, y nos contó la historia de los jardines, que tenían casi 400 años, que esa era la edad de los árboles que daban tan generosa sombra, y que él llevaba 40 años trabajando allí, cuidando de las plantas.

El orgullo que el hombre sentía por su trabajo nos transmitió un cariño instantáneo por el lugar al que tanto esfuerzo ponía por mantener.

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Los hermosos Jardines Mughal.

El último lugar que visitamos fue la mezquita más importante de Srinagar. La Jama Masjid está construida en madera, tapizada de alfombras, las columnas ascienden hasta perderse en la impresionante altura del techo. Los varios cientos de años de su construcción no le han quitado su belleza.

Una fuente de agua cuadrada se emplaza en el centro del patio. Tres cuartas partes del complejo están dedicadas a los hombres y las mujeres rezan en la parte restante.

Es Ramadán, por lo que la mezquita está repleta de fieles. Algunos leen los libros sagrados, otros se envuelven en debates, muchos duermen y muchos más se sientan en silencio contemplativo.

Erik y yo avanzamos como siempre en este tipo de lugares, en un estado reverencial casi exagerado, caminando sin hacer ruido, procurando no alterar la paz de ninguno de los fieles, procurando pasar inadvertidos.

Por supuesto esto último no siempre es fácil para mi siendo la única persona blanca en toda la mezquita. Un grupo de hombres nos invitó a sentarnos con ellos y allí fuimos.

Nos hablaron del Islam, nos hablaron del Kashmir. Nos contaron de su desprecio por los gobiernos que se pelean por su tierra como si fuese la carroña de los cuervos. Nosotros apenas interrumpimos para hacer algunas preguntas, los dos sentimos que teníamos que escuchar lo que se no estaba contando.

Sentíamos que necesitábamos escucharlo tanto como esos hombres necesitaban contarlo, hacer correr la voz, que sus palabras salgan de Srinagar, salgan de India, y lleguen a los oídos y a las mentes de occidente. “Nuestro pueblo sufre” nos dijo, y no me podría olvidar de esas palabras.

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Srinagar fue un vistazo a una realidad complicada, a un pueblo que en la adversidad se mantiene unido por sus tradiciones y su hospitalidad.

La sonrisa sin dientes del viejito que nos vendía el pan a la mañana, los vendedores de paseos en Shikara que no se rendían ante las primeras veinte negativas, los soldados con miradas serias y las armas siempre a mano.

El sol poniéndose sobre el Lago Dal tiñéndolo todo de naranja, aportándole belleza a una ciudad que vive sus días siempre en tensión, a la espera de que se vuelva a interrumpir la frágil paz de que disfrutan y que tanto anhelan conservar.

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Así termina el relato de nuestro paso por Srinagar, el viaje continuo y el siguiente destino fue la increíble ciudad de Leh, en el valle de Ladakh, un universo nuevo, un mundo budista en las montañas, un paraíso en los Himalaya.


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