Impresiones de Manali

Lo único que se escuchaba era la corriente del río, siempre en movimiento, como un recordatorio ininterrumpido de que nada es permanente, de que todo el universo esta en constante e infinito proceso de cambio. Mirando el techo, escuchando el río, era una de esas noches de insomnio de las que todos tenemos, solo que esta vez yo sonreía. Estábamos en una especie de paraíso terrenal, rodeados de arboles, apoyados en la ladera de un monte, con los picos nevados saludándonos a la distancia, invitándonos a soñar. Estabamos en Manali, el ultimo eslabón de nuestro viaje por Himachal Pradesh, en India.

Las expectativas y la realidad

Los recuerdos y la impresión que uno se lleva de un lugar están fuertemente relacionados con las expectativas que se tienen antes de llegar.

En algunos lugares, como Mandi por ejemplo, es fácil no tener ninguna porque nunca escuchamos nombrar el pueblo hasta que decidimos ir; para otros lugares, como Amritsar o Dharamsala, que resuenan constantemente en las conversaciones con otros viajeros, no hacerse expectativas es mas complicado.

Llegamos a Manali esperando paisajes increíbles, montañas, temperaturas frescas pero cómodas, gente tranquila y sonriente. Sabíamos que era un destino turístico, que para muchos era la puerta de entrada a Jammu y Kashmir en el norte, y que “Old Manali”, donde se encuentra la mayoría de los Hostel y Guest House, era también conocida como “Little Tel Aviv”.

Esas eran nuestras expectativas, y estas, a continuación, fueron las impresiones, los detalles, que terminamos guardando en nuestras mentes:

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La vista del camino al hostel, lo único negativo es que de noche se nos complicaba un poco.

El silencio en medio del ruido:

El colectivo nos dejo en la estación de ómnibus de “Model Manali” y desde ahí caminamos los 3 kilómetros que distan hasta “Old Manali”. Apenas se cruza el puente y se dobla a la izquierda, empieza la clásica procesión de hospedajes para mochileros y restaurantes occidentales que normalmente se encuentran en los barrios turísticos. Celeste se quedó con las mochilas y yo me fui a buscar.

Sentí un rápido rechazo por el ruido de la música, la cacofonía de sonidos provocada por los bares y restaurantes que intentan hacerse notar por encima de sus vecinos mezclados con los gritos insistentes de los vendedores ambulantes.

Camine hasta el final del camino, me metí por todas las calles que encontré, y emprendí la vuelta molesto conmigo mismo por no haber encontrado un lugar a nuestro gusto y presupuesto.

En esas andaba cuando, ya cerca de donde Celeste me esperaba, vi un anuncio de Hostel que me llamo la atención, porque la flecha apuntaba hacia la ladera de la montaña, donde yo sabía por lógica que calles no había.

Terminamos encontrando un lugar idílico para dormir, al que se accedía caminando por la ladera de la montaña durante 15 minutos.

Alejados de todo el ruido de los bares, del tráfico y las bocinas, y de los vendedores ambulantes, solo oíamos el sonido de la corriente del río, ubicado a unos 20 metros por debajo de nosotros.

Éste fue nuestro refugio, y nos enteramos luego de que hay más lugares así en Old Manali, y también en Vanshisht, ubicada a 3 kilómetros de Model Manali.

Los paisajes deslumbrantes: 

Ríos y montañas siempre hacen buena combinación, tal vez porque nos impresionaba ver los picos nevados, evidencia de que volvíamos a estar en los deslumbrantes Himalayas, en contraste con los anchos ríos que recorren – y cortan más de una vez – la ciudad de Manali.

En nuestro caso, preferimos caminar, que es la mejor forma de apreciar no solo una ciudad o un pueblo, sino también el camino mismo, en cada detalle, cada árbol, cada cambio en el paisaje.

En Vanshisht fuimos a una cascada muy impresionante que se debatía por no quedar opacada por los cientos de turistas indios que se trepaban desesperados a las piedras para que sus amigos les saquen fotos con sus teléfonos.

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La ciudad de Manali vista desde el camino a Vanshisht.

La calidez de la gente:

Nos contaron que había un monasterio budista en Model Manali, y allí fuimos. Llegamos con unas expectativas que se vieron rápidamente desilusionadas.

El lugar en si no pasaba de un modesto templo turístico: sin monjes, sin misticismo, sin locales, y sin lugar siquiera para caminar tranquilo o hacer una foto libre de personas.

No pasamos ni siquiera 10 minutos allí, y salimos por la puerta trasera, que daba a un mercado de productos artesanales tibetanos. Mientras caminábamos por esta calle vi, de casualidad, lo que parecía otro templo. Al acercarnos nos dimos cuenta de que era en realidad otro monasterio tibetano, solo que sin turistas y sin cajas de donaciones.

Entramos a un patio de cemento y avanzamos hasta una segunda entrada desde donde se accedía al monasterio en sí. Ya desde ahí espiábamos a los niños monjes ir de una habitación con un cartel sobre su puerta–cortina que decía “Kitchen”, a otra que decía “Classroom”, y sonreíamos a los pocos que se percataban de nuestra presencia.

En eso se acerca una señora y de inmediato le pregunte, después del “Namaste” de rigor,  si podía acercarme a sacar unas fotos.

La mujer sonrió de oreja a oreja y entro con nosotros, nos hizo pasar al templo, un hermoso recinto que coronaba su altar con una imagen del Dalai Lama que nos devolvió a nuestros días en Dharamsala, en el que no había absolutamente nadie más que nosotros.

Nos guió luego por unas escaleras que llevaban a las salas privadas de los monjes, que estaban dedicadas a la meditación y a la enseñanza de los preceptos budistas. Pasamos un buen rato tratando de retener hasta el último detalle de este hermoso lugar.

Luego bajamos y nos trajeron de la cocina un termo con 5 vasos para que compartamos un Chai (te especiado) con la mujer, su amiga y un monje.

Nos contaron que los niños que vivían en el monasterios lo hacían despegándose de sus familias, que los visitaban una o dos veces al año, en el mejor de los casos, y que estos recibían una profunda educación, tal vez no tan científica pero si mucho más espiritual.

Después de saciar nuestra curiosidad (y nuestra sed), la mujer nos invitó a ir a su casa a conocer a su marido. Allá fuimos, y pasamos la próxima hora hablando con ella y su esposo en la sala de su casa, donde nos contaron detalles sobre la zona mientras compartíamos otra taza de Chai, esta vez acompañada de unas galletas agrias.

Esta experiencia, tan simple y a la vez tan profunda, nos dejó contentos por reafirmarnos en que la hospitalidad de la gente puede llegar en cualquier momento y de cualquier persona.

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Disfrutando el Te (esperando que se enfríe un poco)
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La imagen del Dalai Lama corona la mayoría de los templos budistas tibetanos.

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La religión en el paraíso:

Sí, también aquí han llegado los templos, en su mayoría hindúes, y si bien no son muchos, ni particularmente impresionantes – nunca le quitaran el protagonismo a los paisajes –, bien valen una visita.

Si hubo una nota de desilusión entre las expectativas que normalmente tenemos al entrar en un templo, y la realidad, fue que se nos hizo difícil distinguir entre el auténtico fervor religioso característico de muchos hindúes, y la necesidad vana de aparentar, de mostrarse y dejar constancia a base de selfies de que han estado ahí, de los “coleccionadores de lugares”.

Las famosas “aguas termales” del templo Hindi de Vanshisht son piletones cerrados con agua turbia, y dos docenas de Indios (separados los hombres de las mujeres) en calzoncillos o desnudos bañándose y sacándose fotos.

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Los famosos baños termales sagrados de Vanshisht. Tardamos 15 minutos en conseguir una foto libre de Selfie sticks.

La realidad de los lugares rara vez encaja con nuestras expectativas, a veces para bien y a veces para mal, y lo importante es no dejarse llevar por el resultado de ese choque, sino aprender y esforzarse por encarar cada nuevo destino con unos ojos vírgenes, maravillarse con las vistas, con los ríos y las montañas, con los templos y con la gente, sin importar lo que esperábamos encontrar.

Vivir una vida de asombros, quitarse la lagaña del aburrimiento y entender que la belleza de nuestro mundo reside en su diversidad, que no hay lugares mejores o peores, que son todos diferentes, y es ahí, en el aprecio por los diferente, donde nace el amor por los viajes, la felicidad de viajar.

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Lo fundamental es encontrar el equilibrio.

¿Vos también te dejas influenciar por las expectativas antes de llegar a un lugar nuevo? ¡Contanos tu experiencia en un comentario! Los invitamos también a que sigan leyendo sobre nuestro paso por la India, y ¡que tengan buenas rutas!


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