Mandi: el pueblo de los 300 templos

Las gotas de transpiración nos corren por la espalda mientras caminamos bajo el potente sol del mediodía. En la hora que llevamos buscando alojamiento, nos damos cuenta de que ya recorrimos toda la zona céntrica del pueblo, mientras nos esforzamos por avanzar entre la marea humana y el tráfico, que poco se preocupan por dos cansados viajeros cargados con sus mochilas. Cuando por fin nos instalamos, comemos en uno de los Dhaba – comedor – local a pocos metros del hostel, nos miramos y, entre sonrisas nos preguntamos ¿Qué hacemos acá? Estábamos en Mandi, el pueblo de los 300 templos.

Los 300 templos de Mandi

Mandi es un pueblo ubicado a 94 kilómetros de Dharamsala, en el estado de Himachal Pradesh, en el Noroeste de India.

La verdad es que dudo que sean realmente 300, pero poco importa, porque mientras caminábamos por las calles de este pequeño pueblo, no dejábamos de asombrarnos por la cantidad de templos, todos tan distintos, y a la vez tan parecidos.

Nos hacían sentir en India, como no nos habíamos sentido hasta entonces, ni en Amritsar ni en Dharamsala. Quizás era la abundancia de colores, tal vez eran las esculturas de vacas, los inciensos, las campanas, los vendedores de telas, el chai de la tarde y los devotos, y también puede que haya sido el hecho de que estábamos en un lugar donde la religión y la tradición jugaban un papel protagonista en el día a día de las personas, que se tomaban aunque sea un minuto en medio de sus recorridos diarios para entrar a alguno u otro templo a dedicarle una oración de sus dioses.

Difícilmente le podía dar descanso a la cámara. Todo callejón nos sorprendía con su autenticidad, entre locales llenos a rebosar de telas de vivos colores con sus dueños y vendedores sentados tomando chai, las entradas a los lugares de oración pasaban desapercibidos por momentos, y a veces resplandecían en una explosión de colores que nos hacía sentir como niños en una jugueteria.

Solamente el silencio contemplativo, interrumpido únicamente por el sonido de la campana que los devotos tocaban al entrar y al salir, nos daba la pista de que estábamos en lugares de trascendencia.

Las paletas de colores de algunos de estos templos contrastaban con los más antiguos construidos en piedra y declarados “monumentos protegidos”, y con el pulcro y brillante blanco del templo Sikh, que me recordaba – ¿se puede recordar un lugar en el que nunca se ha estado? – al famoso Taj Mahal.

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La arquitectura de los templos Sikh esta fuertemente influenciada por el imperio Mughal (descendientes de Persia), cuyo principal logro fue el Taj Mahal.
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Algunos templos son mas grandes que otros, pero todos son especiales.

La mayoría de los templos en Mandi están dedicados dos de las principales deidades del Hinduismo: Lord Shiva y la Diosa Kali.

Las imágenes, representaciones y esculturas de estos dioses, reconocibles en el primero porque generalmente el rio Ganges fluye desde la palma de su mano, y en el segundo porque la Diosa sostiene la cabeza cortada de un hombre sobre una fuente, abundan en las paredes y los altares.

Solo un detalle empañaba un lugar que de otra forma hubiese sido una fuente de espiritualidad: los turistas indios. Si bien en el pueblo casi no vimos extranjeros, sí que estaba repleto de turistas locales, que siguiendo la cultura fuertemente arraigada en el país de “mostrar lo que se tiene”, visitan estos lugares sagrados con la sola intención de sacarse selfies, hablando, riendo y hasta ensuciando sin el menor respeto hacia los locales.

Tal vez debería poder ignorarlos, pero no puedo. Me desilusiona ver a gente tan poco interesada en su propia cultura, en su propia historia. Ya nos hemos acostumbrado al hecho intrínseco a la mentalidad india de que la vida es una competencia por tener más, y que hay que tener más para poder mostrarlo, y así tener prestigio entre los pares. Hay, sin embargo, virtud dentro de estos defectos. Los indios son más de mil millones, y por suerte no son todos iguales.

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A las puertas de un hermoso templo es tan buen lugar como cualquier otro para vender choclos.
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El templo mas colorido de Mandi.
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Las vacas en India si que son sagradas.

En las márgenes del río Beas, que envuelve a la ciudad, abunda la basura y proliferan los monos y los cerdos. Los primeros están acostumbrados a los humanos, sobre todo a sus maltratos, por lo que en general se mantienen alejados de las personas.

Los segundos, como descubrí accidentalmente, no tanto. El segundo día baje al río para conseguir una buena toma de uno de los puentes que conecta a las calles del pueblo con la ruta.

Concentrado como estaba (soy incapaz de concentrarme en dos cosas a la vez) en sacar la foto, me fui adentrando más en el río pisando sobre un lodazal salpicado de basura que sobresalía de la superficie. En estas estaba cuando, al sacar el ojo del visor, veo que se acerca una figura rosácea corriendo en mi dirección, y siendo un pibe de ciudad, no tenía idea de lo rápido que pueden correr los cerdos.

La situación se degenero rápidamente en un “atrápame si puedes” y luego de ensayar una ridícula finta recuerdo de mis años de Basket infantil, salí corriendo a todo dar hasta las escaleras donde Celeste me esperaba con cara de hastío por lo que estaba tardando en sacar la foto del puente.

Al darme vuelta, vi a mi perseguidor masticando una bolsa de papas fritas en el barro.

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Puente colgante sobre el río Beas, o “Donde me persiguió un cerdo”.

El sol nos atosigaba en las horas de caminata. Los estrechos callejones nos daban un respiro por la sombra que sus edificios proyectaban.

Las habitaciones se apilaban unas sobre otras hasta formar dos o tres pisos, siendo por lo general el primero de cemento y los de arriba de madera con techos de chapa.

El pequeño ventilador, de esos que al prenderse amenazan con caerse por la forma en que giran, era la otra fuente de consuelo.

De todas formas el calor termino por cansarnos, que no por nada estábamos yendo al norte. Solo dos días después de haber llegado, volvimos a la terminal de colectivos, y entre gritos y empujones – única forma de comprar un pasaje en una terminal en India – compramos nuestros tickets y nos subimos al colectivo que nos llevaría hacia nuestro siguiente destino, el último dentro del hermoso estado de Himachal Pradesh, Manali.

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Así termina el relato de nuestro paso por Mandi, si les gusto y quieren leer más de nuestras aventuras en India pueden leer sobre los días que pasamos durmiendo en el Templo Dorado de Amritsar o sobre nuestra experiencia en la “Pequeña Lhasa” en Dharamsala.


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2 comments

    • Hola Eze, en Mandi es bastante complicado conseguir una guesthouse, no encontramos un lugar donde haya muchas juntas. Hoteles si hay varios pero son mas caros. Nosotros nos hospedamos en una que encontramos a la izquierda del puente que esta cerca de la terminal de colectivos. El lugar exacto queda al lado de un negocio que vende Adidas, pegado a quiosco, son unas escaleritas que suben por un pasillo. Hay un señor ahí que no habla ingles, pero con señas nos arreglamos para pagar 450 rupias la noche por los dos. Si no, siguiendo por esa calle hay algunas otras guesthouse.
      Espero que disfrutes ese pueblo, lo hermoso es lo poco turístico que es, es muy autentico, muchisimos templos, y algunas de las personas mas amables que hemos conocido en India.
      Después nos contas como te fue, un abrazo!

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