Dharamsala: el grito ignorado de un pueblo enmudecido

Caminando por las calles de Dharamsala, tuvimos la extraña sensación de que habíamos cruzado a otro país. Aquí se refugia un pueblo expulsado de su tierra, aquí los indios son turistas y los refugiados son locales, y por cada escapado del Tibet que vemos en las calles, se nos hace imposible evitar preguntarnos cuantos más se han quedado en el camino. Esta ciudad es la prueba viviente de un pueblo que se aferra a su soberanía, a sus derechos, a su cultura y su religión.

Esta gente sonríe, comercia, charla y socializa, reza en los templos y en las calles, y se percibe, cuando se los ve, un grito largamente ignorado, proveniente de gargantas enmudecidas y dirigido a oídos sordos, que reclama libertad.

La Desesperación de un Pueblo

Dharamsala se ubica en el distrito de Kangra, en el estado de Himachal Pradesh, al Noroeste de India. Está dividida en Lower Dharamsala, y Upper Dharamsala, mejor conocida como McLeodGanj. Esta ciudad es mundialmente famosa por ser el lugar de residencia del Dalai Lama en el exilio.

Hablar de Dharamsala es hablar del pueblo tibetano, de su lucha y de la injusticia a la que ha sido sistemáticamente sometido durante los últimos 60 años por el gobierno chino.

Los chinos invadieron el Tibet en 1950 desde el Norte y el Noreste, y debido a una superioridad numérica y armamentística sumamente desproporcionada, rodearon y vencieron rápidamente al pequeño ejército tibetano. En 1951 una comisión fue enviada a China con el permiso del Dalai Lama para negociar la libertad del Tibet.

Ésto concluyo en la firma bajo amenazas del infame “Tratado de los Diecisiete Puntos” que estableció la soberanía de China sobre el Tibet.

Temiendo por su vida, el Dalai Lama, líder espiritual y temporal del pueblo tibetano, se vio obligado a escaparse a la India en 1959, luego de que 87.000 tibetanos fueran asesinados por el ejército chino en la ciudad capital de Lhasa por manifestarse en contra de la imposición del sistema comunista en el país.

Luego de pedir permiso al gobierno indio, fundo un asentamiento para refugiados tibetanos en la ciudad de Dharamsala, donde creo la Administración Central Tibetana, también conocida como Gobierno Tibetano en el Exilio, cuyo objetivo fundacional es devolver el Tibet a su gente.

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El hermoso barrio de McLeodganj reposa en la ladera del monte, y en el fondo se aprecia Lower Dharamsala.

Numerosas organizaciones fueron creadas con el tiempo para dar apoyo a los refugiados tibetanos, que desde 1959 hasta hoy mismo no han dejado de hacer el peligroso viaje por los himalayas, sin el equipo o el abrigo, la comida, el agua o el apoyo necesarios, para llegar a la India.

Al día de hoy, se calcula que 1.200.000 tibetanos han muerto como resultado de la invasión china, mientras que 150.000 se encuentran viviendo en el exilio.

De los 6.000 templos que este pacífico y devoto pueblo había levantado y conservado por más de mil años, solo 10 se encuentran intactos, y la mayoría han sido destruidos. No hay libertad religiosa o cultural en Tibet, no hay posibilidades para los tibetanos.

El gobierno chino implementa una fuerte política demográfica con el objetivo de poblar el país con su propia etnia mayoritaria (los Han), a quienes se les paga más por la misma labor que a un tibetanos.

Desapariciones, torturas, represión. Esto no es historia, es actualidad, esto pasa desde hace más de 60 años, y el mundo ha guardado un incómodo silencio, mientras China se empeña en hacer desaparecer a una etnia que llevaba habitando independientemente ese territorio desde el Siglo VIII.

La Pequeña Lhasa

Cuando recorremos el Templo del Dalai Lama, así llamado por estar ubicado al lado de su residencia en McLeodGanj, vemos el contraste entre los ruidosos turistas locales, y los pacíficos refugiados que, apartados de la multitud, se dedican a rezar en silencio y contemplación. Muchos son los que realizan postraciones, una y otra vez, para purificarse.

Después entramos en el Museo del Tibet, y sentimos como se nos oprime el pecho ante las imágenes, historias y testimonios que ahí se exponen. Los retratos de los más de 120 tibetanos que se inmolaron con fuego, como forma de protesta en contra el gobierno chino, nos miran desde la pared.

Avanzamos en silencio, sobrecogidos por nuestra propia ignorancia. ¿Cómo puede existir tanta injusticia durante tanto tiempo sin sacudir al mundo entero?

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Retratos de los tibetanos que se prendieron fuego en señal de protesta.
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Dos monjes tibetanos descansan al costado del camino a las afueras de McLeodGanj.

Los puestos de comida callejera no son los típicos puestos de samosas (empanada de papa frita) de los indios, sino que venden los tradicionales momos (tipo de dumpling tibetano).

Vemos a las mujeres con la vestimenta típica de Tibet, que solo habíamos visto en películas, hacer su vida social de la forma mas normal.

Éste es, después de todo, un pueblo pacífico y alegre, piadoso y espiritual. Sus sonrisas amables nos recuerdan a los devotos voluntarios del Golden Temple en Amritsar en India, siempre bien dispuestos a dar una mano al que lo necesite.

McLeodGanj es, por su posición geográfica, un sinfín de subidas y bajadas. La calle principal se encuentra en lo alto, por lo que los hostels más económicos están ubicados, lógicamente, en la parte baja de la zona. Para subir del hostel a la calle teníamos tantas escaleras que sentíamos que volvíamos a estar en el trekking del circuito de Annapurna en Nepal. Si llegábamos hasta arriba, y nos dábamos cuenta que nos faltaba algo, ¡nos queríamos morir!

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Estas son solo la mitad de las escaleras.

La presencia de los tibetanos con su aura de paz y tranquilidad, y más en particular la presenciad del Dalai Lama, son las principales razones por las que McLeodGanj es una de las zonas más turísticas de la región, no por nada se la conoce como la “Pequeña Lhasa” (Lhasa es la capital del Tibet).

Otra razón es el clima fresco, sobretodo en esta parte del año (verano) en que el centro y sur de India sufren de duros golpes de calor (mientras escribo este post se está produciendo en el estado de Rajasthan la peor ola de calor del siglo).

Vale la pena perderse por los callejones que desembocan en la calle principal, como si de los afluentes de un rió se tratara. Por doquier se ven puestos callejeros vendiendo artesanías tibetanas, desde collares de cuentas hasta ruedas de oraciones con mantras.

En el centro mismo de la ciudad se emplaza un hermoso templo budista donde hay una docena de pequeñas estupas, además de una gigante en el centro.

Cada una de las pequeñas representa un momento importante en la vida de Buda: su nacimiento, alcanzando la iluminación bajo un árbol, cortando carne de su pierna para alimentar a una tigresa, descendiendo en una escalera de los cielos, etc.

Rodeando la circunferencia del templo, se encuentran los Mani o ruedas de oraciones, que los creyentes, y algún turista, hacen girar al pasar (siempre con la mano derecha) para obtener buen karma.

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Estupa de la Iluminación.

Terminamos nuestro paso por Dharamsala yendo primero a la cascada Bhagsunang, que se encuentra a menos de dos horas caminando desde la ciudad.

La cascada en sí no fue demasiado impresionante, pero la vista de la ciudad desde allí si que lo fue. Se puede apreciar a McLeodGanj reposando sobre la ladera del monte como si fuese un gigante descansando al sol.

Por ultimo fui al Lago Dal, a una hora caminando desde el centro de la ciudad. El camino de ruta avanza por cuatro kilómetros entre una densa arboleda. De a poco se apaga el frenesí de las bocinas que impera en las calles del centro, y se puede relajar la mente.

El lago en sí impresiona más por sagrado que por belleza natural. Junto al lago se encuentra un templo dedicado al dios Shiva, donde después de charlar con el “monje” que allí habitaba, me bendijeron con un tilaka amarillo (una linea desde la frente hasta la unión de las cejas).

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Conocí a estas señoras tibetanas de camino al Lago Dal.

De ahí seguí caminando, y perdiéndome por supuesto (como siempre que camino solo). Siguiendo unas escaleras, avanzando por un pueblo, termine en una aldea.

Esta aldea fue lo más lindo de la pequeña caminata del día. En la cima del monte, con la vista de las laderas externas del Himalaya, este pequeño conjunto de casa descansa en una posición privilegiada.

Gente simple vive aquí, trabajan las terrazas de arroz, juegan a la pelota y toman chai (te especiado). Algunos levantan la cabeza, los chicos me saludan, los adultos me siguen con miradas silenciosas.

Yo sonrió por haber encontrado tan idílico lugar, y me dedico por un buen rato a sacar fotos, caminando de acá para allá.

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Las plantaciones de la aldea.

Dharamsala no fue el típico pueblo o ciudad india a la que de a poco nos vamos acostumbrando. Aquí entramos en contacto con una historia que resonaba en alguna parte de nuestras mentes, pero que nunca había sido una imagen completa.

Se nos han abierto los ojos al sufrimiento y la desesperación de un pueblo, y ahora nos preguntamos ¿Cómo va a terminar esto? ¿Sera el sueño del pueblo tibetano de recuperar su patria y su independencia nada más que un recuerdo dentro de 20, 30 o 40 años? ¿Qué pasara cuando el anciano Dalai Lama deje este mundo?

Nos vamos de Dharamsala con estas interrogantes resonando en nuestras mentes, a medida que la ciudad se pierde a nuestras espaldas y el sol nos golpea desde arriba.

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Que se sentirá vivir con semejante vista?

Así termina este relato, pero el viaje continuo, y vamos a seguir recorriendo este hermoso estado en las alturas bajas del Himalaya, en el Noroeste de India. Nuestro próximo destino es un pueblo conocido como el “pueblo de los 300 templos”.


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