Amritsar: Ciudad de sables, turbantes y un templo de oro

Entramos a la India caminando, con las mochilas cargadas a la espalda y la sonrisa dibujada en las caras. El cambio de realidad entre la tranquila y respetuosa sociedad nepalesa y la excitada y atolondrada vida en la India fue brusco. El ruido, las obras en construcción, el desorden y los olores, y tambien el Templo de Oro y los sables de Amritsar, todo eso fue India desde el primer momento para nosotros.

En India nada es sencillo

Cruzamos la frontera desde Lumbini en Nepal a Sunauli en India, y desde ahí fuimos a Gorakhpur, dos horas más al Sur, y la ciudad más cercana con una estación de trenes.

En India nada es sencillo. Esta fue nuestra primera lección y nos llegó de la mano de los dos días que pasamos viviendo en la Estación de Trenes de Gorakhpur.

Comprar un pasaje de tren en este país, es competir con un porcentaje mayor o menor de las mil trecientos millones de personas que lo habitan. Listas de espera, pasajes para turistas, Tatkal (asientos que se guardan para ser vendidos el día anterior a la salida del tren), etc.

En pocas horas aprendimos lo suficiente para entender que no había pasajes para nosotros. Pasamos dos días en la estación, comiendo Samosas (especie de empanada frita de papa picante), hablando con gente local que se nos acercaba curiosa, y nosotros más curiosos les hacíamos miles de preguntas, y durmiendo en donde sea que pudiéramos apoyar la cabeza.

Costó (tiempo más que nada), pero eventualmente nos subimos a un tren, lo que constituyó una experiencia en sí mismo.

Hay tres niveles de camas en el vagón “sleeper”, pero solo la de arriba es una cama durante el día, ya que las dos inferiores son usadas como asiento hasta que llega la noche y el verdadero “dueño” de las camas hace valer su derecho a acostarse propiamente.

Nosotros por suerte teníamos arriba, y aunque tuve que despertar y hacer valer nuestro pasaje a las dos personas que dormían en nuestras camas, pudimos ver todo el viaje desde arriba, como espectadores en el teatro.

La gente dentro del tren se aprieta en los pasillos, se suben a los porta equipaje, viajan colgados de las puertas del vagón. Básicamente viajan de la forma que pueden, porque o no tienen pasaje o su pasaje es para otra categoría en la que ya no hay lugar siquiera por la cantidad de gente que ha subido.

El resultado, además del agobiante calor, es gente amontonada en el suelo tratando de encontrar un espacio, aunque sea mínimo, para que su cuerpo quede sostenido y poder dormir, a pesar del constante ir y venir de otros pasajeros que se bajan o suben o pregonan mercancías, desde Chai (te tradicional de India) hasta papas Lays, Coca Cola, y Pakoda Bread (sándwich de papa frito).

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La gente viaja donde puede en la mayoría de los vagones.
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Si así iba ella, imagínate como iba yo.

Amritsar: ciudad sagrada

Nuestro primero destino en India fue Amritsar, ciudad sagrada de la religión Sikkim, ubicada en la provincia de Punjab, en la frontera con Pakistan. Los Sikh surgieron por el Siglo XIV a partir de los pensamientos radicales de un hombre que por siempre seria conocido como Guru Nanak.

Él tuvo la increíble idea, al menos para la época, de que todos los seres humanos somos iguales, por lo que se oponía al duro sistema de castas que imperaba (y todavía impera hasta cierto punto) en la India.

Promovía la creencia en un solo Dios, sin nombre ni forma, y la aceptación de cualquier forma de veneración de ese dios, sea el Islam, Judaísmo, Cristianismo o Hinduismo.

Predicaba a favor de la unión de la sociedad y la no discriminación racial, religiosa ni social, y esto, por supuesto, disgusto a la monarquía y a las autoridades religiosas.

Los Sikh veneran a un sólo Dios pero siguen firmemente las enseñanzas de los diez Gurus que han sido reconocidos como tales, que pelearon y dedicaron sus vidas al crecimiento de la comunidad, y a la unidad de los hombres y las mujeres del mundo.

Una de las formas que ideo Guru Nanak para desestabilizar el rígido sistema de Castas, que consideraba a unos hombres superiores a otros desde su nacimiento, fue crear el Langar, en el que la gente se sienta en el suelo en largas filas a comer la misma comida, en situación de igualdad y fraternidad.

El Golden Temple de Amritsar es la meca de esta religión. Miles de peregrinos de todo el mundo llegan cada día con el solo propósito de postrarse ante semejante obra, bañarse en las aguas del estanque sagrado y tocar el árbol sagrado de los Sikh.

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Fachada del Golden Temple de Amritsar por la noche.

El templo en sí se encuentra el centro del estanque artificial cuadrangular de gran tamaño que es a su vez el centro del recinto. Una alfombra marrón marca el camino que siguen los peregrinos para darle la vuelta al estanque y luego entrar, después de algunas horas de hacer cola, en el Golden Temple.

Los turbantes, los sables y las túnicas son parte normal de la vestimenta de sus adeptos. Los turbantes y las túnicas se impusieron, al igual que todos los uniformes, como un igualador entre sus seguidores.

Las largas barbas, al igual que el cabello, no son cortados nunca, porque se los considera un regalo de Dios.

Los sables surgieron como necesidad de defenderse, a medida que la comunidad iba creciendo, de los repetidos intentos de los musulmanes de destruirlos, aunque hoy en día son llevados únicamente por tradición.

Mientras caminábamos siguiendo el camino de la alfombra marrón nos costaba encontrar palabras, porque poco había que decir. El sol se reflejaba en el enchape de oro que cubre el Golden Temple de Amritsar y la luz era luego absorbida por el agua, creando un efecto espectacular.

La atmósfera de paz, tranquilidad y devoción se podía sentir en el aire.

El complejo hospeda a unos cien mil peregrinos cada día. Nosotros, como tantos otros viajeros, decidimos dormir en el templo, para empaparnos un poco de esa cultura que nos resultaba tan extraña y fascinante.

Nos alojaron en unas habitaciones separadas especialmente para extranjeros. Después de acomodarnos, nos dirigimos al comedor, donde los voluntarios cocinan y dan de comer a alrededor de cien mil personas cada día, y no solo Sikh, también musulmanes, hindús, cristianos, locales y viajeros.

En el Sikkim no se discrimina, y su hospitalidad está abierta a cualquier persona que esté dispuesta a respetar sus creencias y sus costumbres.

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Un día normal en el comedor del Golden Temple.

No sin un poco de desconcierto avanzamos siguiendo a la multitud, nos entregaron un plato, una taza y una cuchara (todo metálico) y seguimos avanzando por unas escaleras.

Entramos luego a un salón enorme en el que no había más que una docena de alfombras larguísimas en el suelo, en las que la gente empezó a sentarse, una al lado de la otra, con las piernas cruzadas y los platos y tazas delante de ellos.

No nos habíamos terminado de sentar cuando empezó la procesión de voluntarios sirviendo la comida. Dal (sopa de lentejas), curry, arroz, Chapati (una especie de pan en forma de disco), y arroz con leche (postre típico de esta región).

La comida, para nuestra sorpresa, era increíble. Ni picante (cosa difícil en India) ni insulsa, era sencillamente muy rica. Comimos hasta que tuvimos que pedir que nos dejen de rellenar el plato.

Luego bajamos y ayudamos a la nada sencilla tarea de lavar los platos. Al menos 60 personas se dedican a eso durante todo el día. Hay que entender que aquí nunca, en ningún momento, se deja de lavar los platos, ni de servir comida, ni de picar cebolla, ni ajo, ni de hacer chapati, o cocinar Dal.

Éste servicio funciona las 24 horas, todos los días del año, y todo es operado por voluntarios y solventado por donaciones. Amritsar es, tal vez, la ciudad con menos hambre y menos personas sin hogar de la India. El trabajo desinteresado es para los Sikh una forma de devoción y de purificación.

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Un voluntario cocina en una de las gigantes ollas del templo.

Pasamos otro día en esta misma rutina de caminar alrededor del templo, comer, ayudar, conversar con los locales.

La energía que se sentía en el lugar, la hospitalidad, las sonrisas que la gente nos regalaba a cada paso, todo nos llenaba de calma y nos invitaba a quedarnos aquí indefinidamente.

Un mar de colores

Las calles de Amritsar son un recordatorio de que seguimos en India. Caminamos bajo el potente rayo del sol, esquivando carros tirados por bicicletas, motos, autos, vendedores ambulantes, y gente, mucha gente.

Por doquier se ven turbantes de todos los colores imaginables, largas barbas negras, blancas y anaranjadas, sables grandes y pequeños cuelgan de la cintura de los hombres, pulseras enjoyadas de las muñecas de las mujeres, que avanzan con dignidad con sus vestimentas típicas de la India, siempre llenas de color.

A veces siento que caminamos por un mar de colores. Ojos curiosos nos siguen mientras caminamos, y los vendedores nos prestan especial atención. Más de una vez nos frenan para estrecharnos la mano en plena calle, o para que les saquemos una foto con nuestras cámaras.

En la actualidad, muchos edificios están en proceso de remodelación en la parte vieja de Amritsar, que es toda la zona que rodea al Golden Temple, por lo que un constante caós de tráfico humano y metálico impera durante el día en las calles de Amritsar.

Por doquier venden los sables típicos de los Sikh, al lado de los innumerables puestos de Lassi, bebida predilecta de los habitantes del Punjab, que se prepara con yogurt, azúcar y sal. Los olores de la comida callejera nos sirven de guía en medio del polvo levantado por las obras en construcción.

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Conductores de Rickshaw (carros impulsados por bicicleta) esperan clientes bajo el fuerte sol de mediodía.

Al tercer día decidimos hacer algo distinto, así que arreglamos para ir hasta la frontera con Pakistán, a las afueras de Amritsar, donde todos los días desde hace más de 50 años se celebra una ceremonia de bajada de bandera entre ambos ejércitos.

Tardamos alrededor de una hora en llegar, y media hora más en caminar hasta las tribunas que el gobierno ha tenido que construir, porque cada día alrededor de tres mil indios van a la frontera a presenciar la ceremonia.

La razón es simple, la enemistad entre India y Pakistán, país con el que están en constante conflicto por cuestiones fronterizas, está impregnada en la mente de los indios.

La ceremonia comienza con niños y mujeres corriendo entre las dos tribunas con la bandera india, bajo los gritos desenfrenados de los miles de espectadores. A continuación se sube el volumen de la música y como si de una película de Bolliwood se tratara, comienza el baile.

Las mujeres y los niños nuevamente copan la pasarela y bailan durante casi media hora, entre saltos, rondas y pases de bailes típicos. Sonrisas se dibujan en todos sus rostros, la multitud se enloquece cuando algunas mujeres extranjeras se animan a meterse a bailar con las locales.

Los hombres se quieren sumar, pero los soldados, que controlan todo cuanto pasa en la multitud, no los dejan.

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Una nena corre orgullosa enarbolando la bandera de la India.

Se hacen las 17:30 y comienza el despliegue de los militares, vestidos en sus uniformes tradicionales. Ejecutan movimientos complicados, corren, frenan, sacan el pecho de frente a la gran reja que separa los dos países.

Del otro lado, el ejército pakistaní hace lo mismo. Cada una determinada cantidad de movimientos, abren las puertas y un soldado de cada nación se estrecha la mano con su contraparte, pero lo hacen con fuerza y mirando para otro lado, denotando que lo están haciendo obligados.

Después de una eternidad de movimientos, patadas al aire, saltos, gritos, corridas y demás, se bajan finalmente las banderas y empieza la estampida de los locales por sacarse una foto con los soldados.

Poco más adelante nos diría una muy querida amiga india: Los indios tienen vergüenza de su país, te van a decir que es sucio, pobre, horrible. Pero nómbrales a Pakistán, y son los más nacionalistas”. Y yo me acordaría de Argentina durante un mundial de futbol, y sonreiría pensando en que en el mundo somos todos iguales.

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Golden Temple al atardecer.

Amritsar fue un inicio dorado para nuestro paso por India. Respiramos su calma y su espiritualidad, nos bañamos en su energía positiva, nos relajamos en su hospitalidad, en su carisma y sus sonrisas.

Así nos recibió India, con los brazos abiertos, con tranquilidad en el desorden, con emoción. Nuestro camino nos empuja al Norte, porque el verano se cierne sobre nosotros y el calor empieza a pesar. Éste viaje recién empieza y todavía queda mucho, pero mucho por vivir.


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