Viajar en el presente

Estar en constante movimiento, en constante cambio, nos da los viajeros una visión mas bien esporádica de las realidades a las que asistimos. Somos testigos de los cambios que se producen a nuestro alrededor y descubrimos que las situaciones, en general, no duran. Aprender a desprenderse de las cosas se vuelve elemental.

La Transitoriedad de las Situaciones

Un extraño se convierte, en cuestión de horas, en mejor amigo. Hacemos planes, y pasamos dos o tres días juntos, somos inseparables. Pero los viajes siguen y el retroceso de mejor amigo a extraño es inevitable. Todo pasa y solamente quedan las promesas y los recuerdos.

El viaje siempre, pero siempre, pesa más, y ningún viajero reniega de esa necesidad de seguir andando que nos atosiga y nos empuja.

Los lugares, las comidas y hasta las familias que se cruzan en nuestro camino quedan guardadas a los apurones en nuestras almas inquietas, y las distracciones de nuevas experiencias y nuevos entornos nos devuelven al principio del círculo.

No aferrarnos demasiado a las situaciones es, en efecto, nuestra forma de vivir. Más de una vez llegamos a un lugar y pensamos que estamos en el paraíso terrenal, ya sea por el lugar en sí o por la gente que se cruza en nuestro camino.

Pero ni siquiera entonces nos aferramos, porque sabemos que hasta el paraíso terrenal es transitorio, y que el viaje siempre debe continuar.

Encontramos en la espontaneidad del mundo en el que vivimos la motivación necesaria para encarar los días más difíciles, porque sabemos que los malos momentos pasan de largo, y también, más importante aún, hemos aprendido a disfrutar de los buenos momentos, antes de que estos pasen también.

Es el famoso ¨vivir en el presente¨, y es lo que viajar te empuja a hacer, porque llegar a un lugar en el que nunca estuviste significa llegar a un lugar en donde no tenes ni pasado ni futuro.

No sos más que un observador, un invitado que deambula por sus calles, ríe sus chistes, come su comida y se maravilla ante aspectos que para los locales no salen de lo cotidiano.

Eso hacemos, y nos vamos. Y dejamos en cada lugar una huella, una marca, casi nunca física, pero casi siempre espiritual, una que vive en los recuerdos de la gente a la que conocimos.

Pardoo, West Australia, Australia.
Viajar no siempre es fácil, pero siempre es hermoso.

Viajar es, al fin y al cabo, cambiar.

Es aprender a dejar ir, a desprenderse, a despedirse y seguir adelante, a sacar lo mejor de lo peor, a no aferrarse a las cosas ni a las situaciones, a vivir en el momento.

Viajar es aprender a no tener miedo de avanzar, a desprenderse de la falsa sensación de control que pensamos que tenemos, y a recibir cada día que vivimos como una hoja en blanco, a la espera de que nosotros, los protagonistas, escribamos nuestra propia historia.

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¡Que tengan Buenas rutas!


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