Perth: Una semana de vuelta en la ciudad

El día empezó como cualquier otro en Border Village, esa estación de servicio en el medio del desierto del Sur de Australia, donde llevábamos 5 meses viviendo.  Yo me desperté primero, me tocaba el turno de la mañana. Las mochilas preparadas al lado de la puerta, los respaldos de las sillas libres de camperas y remeras, los placares vacíos, señales inequívocas de que el día de irnos había llegado, Perth nos esperaba.

La ruta, que tantos meses llevábamos mirando tan de cerca, nos llamaba a gritos, y esa helada mañana de comienzos de Septiembre, nos dispusimos por fin a responder su llamada.

La hora de irse llego

Kurt, nuestro amigo camionero, había pasado por la roadhouse una semana antes, y al escuchar que necesitábamos que alguien nos lleve hasta el pueblo más cercano hacia el Oeste, Norseman, nos prometió que él mismo lo haría.

Dicho y hecho, a eso de las 10 de la mañana, 4 horas antes de que termine mi último turno, cruzo la puerta a grandes zancadas y me pregunto si estábamos listos para irnos.

Inmediatamente salí corriendo a buscar un reemplazo, agarramos las mochilas, nos despedimos de nuestro jefe y salimos, sin mirar atrás, de Border Village.

Kurt tenía que llevar dos lujosas casas rodantes hasta Perth, una de las principales ciudades de West Australia, y lugar desde donde salía nuestro vuelo hacia el norte, donde nos esperaba nuestro nuevo trabajo, por lo que accedió de buena gana a llevarnos hasta allí.

Lo que siguió fueron 24 horas de charla casi ininterrumpida sobre las buenas y las malas de ser camionero en Australia, las largas horas, las infinitas rutas, los audio libros como únicos acompañantes, los canguros atropellados al costado del camino, y la nada desdeñable paga al final de cada semana, siendo esta una de las razones principales por la que tantos australianos y neo zelandeses se meten en el rubro.

Llegamos a Perth a la mañana del día siguiente. Kurt nos dejó en las afueras de la ciudad, desde donde nos tomamos un colectivo y luego un tren para llegar hasta el centro.

Los sentidos dormidos en Perth

El silencio que guardábamos entre nosotros era una señal de que ambos sentíamos el mismo sobrecogimiento, ya que, después de cinco meses en el desierto sin ver una calle, un semáforo, una vereda o un edificio, nos encontrábamos, de repente, en el corazón de una de las ciudades más grandes del país.

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Me acuerdo que de la estación salimos a una peatonal repleta de gente, y fuimos directamente a sentarnos. El constante ir y venir de las personas, el ruido de los autos, los imponentes edificios, los músicos callejeros, las cafeterías con mesas en las calles, los olores.

Estábamos mareados, encogidos, intimidados ante tamaño cambio de realidad. Teníamos los sentidos adormecidos por el outback australiano, y la ciudad nos impactó con tal fuerza, que nos tomaría días poder acostumbrarnos de nuevo a semejante cantidad de estímulos sensoriales.

Por suerte, a través de AirBNB (servicio en el que particulares alquilan una habitación de su casa por periodos cortos de tiempo) conseguimos alojamiento en una habitación en la casa de Hannah, una escocesa que vivía en Perth junto con su novio irlandés, que en ese momento se encontraba en su país natal visitando a su familia.

Vivía lejos del centro, y si bien teníamos una hora de colectivo para llegar a cualquier lado, siempre podíamos volver a la tranquilidad de ese hogar para relajarnos en la tranquilidad de los barrios residenciales de Perth.

Lo primero que hicimos al día siguiente fue, por descontado, darnos todos esos gustos de los que el outback australiano te priva.

Nada del otro mundo, pero poder elegir entre comer acá o comer allá, o incluso comprar ingredientes y cocinar nuestra propia cena, eran placeres que añorábamos, sobre todo esto último, siendo los dos grandes amantes de la cocina.

Toda nuestra estadía en la ciudad seguiría el mismo itinerario, pasear por la mañana y descansar por la tarde, ya que esas serian nuestras únicas vacaciones y descanso en todo el año.

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Disfrutando del sol en una plaza cerca de la casa de Hannah.

Perth cuenta  con, además de un sinfín de puestos de kebabs y cafeterías al aire libre, de las que dimos buena cuenta, un hermoso centro cultural.

Esta zona, cercana a la peatonal central de la ciudad, es donde se emplazan los grandes museos y exposiciones. Ahí pasamos nuestra segunda mañana, absorbiendo un poco de la cultura tanto de Perth como del estado de West Australia.

Lejos de ser expertos en la materia, encontramos siempre que el arte es no solo la más poderosa forma de expresión de un pueblo, sino también un indicador de que es lo que ese pueblo quiere mostrar al mundo.

En algunos de estos museos se pueden ver folletos de hace un siglo en el que se les explica a los aborígenes como deben comportarse en sociedad, una pista quizás de que la segregación y marginación de que sufre hoy la comunidad aborigen de Australia, tiene sus raíces echadas hace mucho, mucho tiempo.

Pasábamos las tardes y las noches relajándonos en el living junto con Hannah, que nos asustaba con historias de fantasmas de Edimburgo, ciudad que según ella esta infestada de fantasmas.

Lejos de tomarse esto a la ligera, nos explicaba que es un serio problema, que más de una vez tuvieron que enviar curas a exorcizar su casa y que ella misma había tenido que lidiar con los espíritus que vivían en su hogar.

En contraste con estas historias metafísicas, Kevin, un australiano que hacía seis años se había ido a Arabia Saudita a trabajar para una petrolera, y que entonces paraba en otra habitación de la casa junto con su esposa, nos contaba unas anécdotas tan reales que convertían a las historias de fantasmas en unos cuentos para niños.

Viviendo en un compound, una especie de prisión cuyo objetivo no es evitar que salgan los de adentro, sino que entren los de afuera, pasaba sus días confinado a sus estrechos límites, aventurándose fuera del recinto solo si era necesario.

En un país donde el consumo de alcohol está penado con años de prisión, nuestro amigo nos contaba entre risas como todos los extranjeros que allí trabajan producen sus propios licores y cervezas caseros, aunque nunca los podrían sacar de sus casas.

Nuestro viaje por Perth continúo y pasamos un día entero de relajación absoluta en el famoso Kings Park con sus jardines botánicos, sus extensiones inmensas de pasto y sus vistas imponentes del perfil de una de las ciudades más hermosas del país.

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Vista de la ciudad desde el Kings Park, en Perth.

Lo último que vimos de Perth, fue el día que visitamos Fremantle, uno de los lugares más hermosos de la ciudad. Ubicado en la costa, ofrece un paseo que pasa por sus muelles y bordeando las tranquilas aguas del mar del Oeste de Australia digno de ser caminado y apreciado.

Las gaviotas se zambullen y vuelven a remontar el vuelo, el viento sopla despreocupado y genera un ambiente atrapante.

Subimos también a la Round House, que se ubica en la cima de una colina, y construida en 1830 como una prisión, es ahora el punto desde el que se domina con la vista a toda la zona, ofreciendo un hermoso paisaje costal.

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Vista de la costa desde la Round House en Fremantle.

El resto del día lo pasamos recorriendo sus intrincadas calles, y peatonales, y cuando el sol empezó a bajar, decidimos volver a casa, a preparar, una vez más, las mochilas.

Nuestros días en Perth fueron una mezcla heterogénea de parques, plazas, museos, historias y momentos de relajación.

Recargamos las energías que nos harían falta para seguir, y una vez más, nos fuimos al desierto, volvimos al mítico y poderoso outback australiano, al norte, donde nos esperaba una de las pruebas más difíciles que nos habrían de llegar en nuestro viaje por este inmenso país, por la indomable, y hermosa, Australia.

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Ultimo atardecer en Perth, desde el frente de la casa de Hannah.

De esta forma termina el relato de nuestro breve paso por Perth, en West Australia. Si llegaste hasta acá quiero antes que nada agradecerte, y también invitarte a que leas nuestros otros relatos de Australia entrando acá.

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