Border Village: Viviendo en el medio de la nada

Llegando a la Nada

¿Sera eso nomas? Pensaba mientras el auto en el que viajábamos aminoraba la marcha y se perfilaba para doblar a la izquierda. Encontré la mirada de Celeste en el espejo retrovisor y vi que sonreía discretamente. Llevábamos tres días viajando por el interminable Sur de Australia con destino a Border Village, a nuestro nuevo trabajo, nuestro nuevo hogar.

El silencio, adornado con el lamento de los cuervos que abundan en esa zona, nos envolvía a medida que nos adentrábamos en esa tierra de lo desconocido, protagonista de incontables mitos y fantasías.

Contemplamos las vastas llanuras que se extienden hasta el horizonte en todos los puntos cardinales en un silencio contemplador, porque habíamos llegado al indomable Outback Australiano.

El Outback es el interior de Australia. Es una zona desierta y árida, con unos cuantos asentamientos de aborígenes, extensiones abominables de llanuras tapizadas de arbustos resquebrajados, cuervos, canguros, víboras, camellos y las roadhouses.

Estas últimas nacen como respuesta a la necesidad de los australianos, ya que en algunas zonas hay más de mil kilómetros de ruta sin poblados o ciudades.

Una roadhouse es básicamente una estación de servicio que además ofrece alojamiento, y de ese punto de partida han crecido hasta ofrecer otros servicios y entretenimientos.

Border Village es la roadhouse más grande de todas las que se emplazan a lo largo de la Eyre Highway, autopista que une en sus 1600 kilómetros de extensión a las ciudades de Adelaida en South Australia con Perth en Western Australia.

Ubicada a 60 metros de la frontera entre estos dos estados, es una de las roadhouses más remotas del país, literalmente en el medio de la nada, separada de Ceduna al Este por 500 kilómetros y de Norseman al Oeste por 700 kilómetros.

Tan remota  es Border Village que usa su propia zona horaria,  llamada Central Western Time, que se ubica en en el medio entre la South Australia Time y la Western Australia Time (mas adelante se puede ver el detalle en una de las fotos).

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El frente de Border Village en todo su esplendor.
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Les presento a Rooey II, la simpática mascota de Border Village. Su predecesor, Rooey I, falleció en un incendio que consumió toda la Roadhouse hace mas de una década.

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Tardamos poco en explorar Border Village. La estación de servicio con su shop, un restaurante con unas 15 mesas y un bar, constituían su fachada principal.

Contaba además con 32 habitaciones emplazadas en un semicírculo al aire libre separadas por unos metros la una de las otras y una pileta. Nuestro mundo se vería reducido a esas fronteras.

Con el tiempo aceptaríamos ese espacio y nos acostumbraríamos a él, llegaría el día en que no querríamos salir de ahí, en el que el graznido de los cuervos sería un sonido tranquilizante, y el aislamiento un consuelo, una protección anestésica de los problemas del mundo.

La Vida en Border Village

El Outback es ante todo su gente. Gente que elige el silencio y la tranquilidad del desierto por sobre el agitado ruido de las ciudades.

Conocimos a Binge, palabra del lunfardo australiano que significa abusar, y es que Binge abusaba de la bebida, de la comida, del cigarrillo, y del trabajo. Hombre que no conocía las tintas medias, Binge podía intimidar, asustar y hacer reír en la misma medida, según el humor que cargara.

Lisa llevaba diez años en el Outback del sur de Australia, y criaba a su hija, que en aquel momento contaba solo un año, junto a Sharky, que se ganó su apodo por trabajar durante casi una década en los barcos pesqueros de tiburones del oeste del país.

Al principio desencajábamos con nuestras miradas llenas de curiosidad y nuestras medias sonrisas, tratando de absorber todo al mismo tiempo, pero esta gente no juzgaba por las apariencias, sino por la forma de ser y actuar.

Mientras tomábamos unas cervezas en la fogata que todos los días se encendía al costado de la casa de Binge, percibí algo en ellos que me llamo la atención: sonreían con mucha facilidad, gritaban al hablar, contaban historias que todos escuchaban con profundo respeto y aplaudían, reían o se lamentaban según a merite la ocasión. 

Y había también algo en sus miradas, en su forma de moverse y expresarse, algo que solo el tiempo me permitiría entender, y es que esta gente era, en lo más profundo de su espíritu, libre.

No tardamos en acostumbrarnos. Nuestros trabajos, que consistían en atender a los clientes y en el restaurante, lavar los platos, mantener el shop limpio y ayudar donde haga falta, nos gustaba.

El mayor desafío fue tal vez aprender el verdadero ingles de Australia, que puede ser tan cerrado e ininteligible como el más complejo de los idiomas.

Confieso que éramos un manojo de nervios durante las primeras semanas cada vez que un camionero, principales clientes de nuestra roadhouse, nos encargaba algo de la cocina, y al no entender y no querer enfrentarnos al temperamento de estos personajes, simplemente inventábamos la orden según nos parecía y rezábamos a los dioses del Outback porque sea lo que pidieron.

Trabajábamos con una pareja de alemanes que se convertirían rápidamente en grandes amigos. Estábamos cómodos, y a medida que las semanas pasaban sentíamos cada vez más que formábamos parte de algo único.

Sin embargo había también, lógicamente, días en que las complicaciones de la jornada nos superaban y nos frustrábamos hasta límites desconocidos para nosotros.

Como en todas las estaciones de servicio en Australia, en Border Village cada quien se cargaba la nafta por su cuenta y luego entraba a pagar. El problema era que al estar en medio de la nada, mucha gente pensaba que podía seguir de largo disimuladamente y así evitar pagar.

Era por éstos “vivos”, formalmente denominados Runners, que debíamos estar siempre alerta de que los ocupantes de los autos paguen antes de mover el mismo.

Con mi, por momentos, desmedida tendencia a exagerar las situaciones, muchas veces salía corriendo y gritando como un loco cuando veía que alguien movía el auto, solo para encontrarme con que estaba estacionando para pasar al baño.

La situación más vergonzosa en la que me encontré fue cuando un camión me tapo la vista de un auto que cargaba nafta, me distraje, y cuando volví a mirar había un auto pasando por detrás del camión y siguiendo camino hacia la autopista.

A los gritos salí corriendo atrás del fugitivo, que freno en el peaje que había a 60 metros de la estación. Me le tire encima del capot, mire al oficial (al que conocía por ser regular de nuestro bar), y le dije entrecortadamente mientras recuperaba el aliento “este tipo se está escapando sin pagar”.

El tipo en cuestión se bajó del auto con cara de desconcierto y me mostró el ticket de pago de la nafta que había cargado. Me había confundido de auto, así que le pedí disculpas a él, al oficial que se aguantaba la carcajada, y volví a la estación, donde mis compañeros ya se estaban partiendo de risa, a seguir vigilando que nadie se me escape.

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Mi mirada de frustración por que un auto se estaba moviendo sin haber pagado su nafta.

El otro causante de dolores de cabeza era la constante pelea por los precios. Una estación de servicio en la ruta siempre va a tener precios más altos porque lógicamente tiene gastos y costos fijos mayores a los de, digamos, un quiosco en la ciudad.

En Border Village la bomba que dragaba agua del mar, la potabilizaba y la distribuía por el complejo, junto con el generador eléctrico, consumían más de mil dólares por día de nafta.

Nosotros, estando tan aislados como estábamos, nos pasábamos una parte considerable del día discutiendo, a veces tranquilamente y a veces a los gritos, con los locales por esta sola razón.

Un señor llego a abrir la puerta de la estación y gritarme ¿cómo tu nafta puede ser más cara que la del resto de Australia?, a lo le conteste entre risas que si esa nafta fuera mía, no estaría escuchando sus gritos.

Por supuesto, nunca nadie nos levantó el tono de voz en presencia de Binge o de Sharky, que siempre estaban contentos de ayudarnos en situaciones como esta.

La vida en el Outback es simple. Después de las horas de trabajo, el resto del tiempo se dedica a lo que se quiera. Las puertas de nuestros compañeros y las nuestras siempre estaban abiertas, se inspira un aire de comunidad, de compañerismo, de simpleza.

Los infinitos espacios que se extendían hasta más allá de los horizontes no nos encerraban, sino que liberaban nuestra mente y nuestros sentidos. Por vez primera contábamos con un silencio, una falta completa de las distracciones que la vida en la ciudad ofrece e impone, y esa calma nos dio perspectiva sobre nosotros mismos. 

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Un día nos prestaron un auto y visitamos la Old Telegraph Station a 15 kilómetros de Border Village.
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Y ya que estábamos fuimos a la playa.

Cinco meses pasamos en Border Village, suficientes para conocer cada centímetro cuadrado del complejo y sus alrededores.

Los increíbles atardeceres los veía subido a una camioneta en un cementerio de autos abandonados al otro lado de la autopista, las fogatas de Binge siguieron casi todas las noches a pesar del viento frío que soplaba desde el mar a medida que el año avanzaba y llegaba el invierno, nos acostumbramos al acento y aprendimos el lunfardo y mantener largas conversaciones con los camioneros se volvió mundano, y algunos se fueron y otros volvieron, pero la esencia fue siempre la misma.

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Jugando con la velocidad de obturación de la cámara durante una de las fogatas de Binge.
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Cuando se descompone un auto en el Outback, muchas veces es mas barato dejarlo, que llevarlo hasta una ciudad y arreglarlo.
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Mi lugar favorito en el Outback es subido a esa camioneta, un regalo mas de los tantos que nos dio Border Village.

El desierto nos seguía llamando, pero esta vez, desde el norte. Nuestro viaje continuaba, la aventura nos esperaba con muchos más desafíos y experiencias en el horizonte.

Llego, como siempre llega, el día en que nos fuimos. Con solo 10 días de anticipación renunciamos, trazamos el camino en un mapa y partimos.

Nos subimos al camión de un camionero amigo, y arrancamos un viaje de 1700 kilómetros hacia el otro extremo de la Eyre Highway y mas allá, desde donde subiríamos hacia el norte, otra vez al desierto, otra vez al indomable, al mítico e inhóspito Outback australiano.

Así termina el relato de nuestra llegada al Outback de Australia. Ahora te invitamos a que nos sigas acompañando viajando con nosotros en Facebook, Twitter, Instagram o suscribiendote al Blog ingresando tu email a continuacion y haciendo clic en Seguir. Si tenes pensado trabajar en una roadhouse en Australia ¡no dejes de leer nuestra Guía!

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