Llegar a Sydney: el viaje comienza de nuevo

Me acuerdo que el viento soplaba con fuerza. Estábamos sentados en el cantero de un edificio en el barrio de Chippendale, a diez cuadras de pleno CBD (Distrito Central de Negocios) de Sydney, Australia. Hacia menos de una hora que habíamos llegado, y estábamos todavía en ese limbo que provoca el cambio brusco de realidad. Volvíamos a viajar.

De repente, dos años y medio de trabajo, corridas, esfuerzo, ansiedad, trámites y una dosis infinita de paciencia llegaban a su fin, y mientras el sol se ponía en ese ventoso día de verano en Australia, yo no podía más que sonreír.

La ciudad y su gente

Hay quien dice que las ciudades son como la gente, que tienen personalidades, temperamento, ideas y sentimientos. Creo que al conocer una ciudad, cada uno se lleva una impresión diferente, al igual que al conocer a una persona.

Sydney es hermosa, eso es innegable. Sus veredas anchas y peatonales, sus edificios que hacen cosquillas a las nubes, sus obras de arte arquitectónico, sus barrios residenciales con patios delanteros llenos de vida.

Su contagioso amor por el café, y el orgullo con el que pregonan a cualquier oído dispuesto que ellos tienen el mejor del mundo.

Caminar por los jardines que rodean al increíble Opera House, cruzar el Harbour Bridge, intimidantes hazañas de la arquitectura si las hay, sentirse un niño en el Luna Park. Todo lo que hay en Sydney la hace única.

Y es, sin duda, una ciudad temperamental. La tranquilidad de las playas en la costa solo está a unos minutos en tren del furioso frenesí de las calles del centro.

En el primero el surf, las olas y el sol dictan la orden del día, en el segundo se mata y muere por los negocios, por destacar en una ciudad tan grande y alta que salir de su sombra es el trabajo y el sueño de toda una vida.

Sydney es también una sobrecarga cultural. Convergen en ella media docena de comunidades, principalmente chinos, tailandeses, indonesios, coreanos, indios y vietnamitas.

Conviven todos bajo un fino telón de cordialidad y respeto, pero en el fondo se esconde una fuerte división y aislamiento voluntario entre las comunidades.

Llegue, gracias a mi trabajo, a conocer personas que llevaban más de quince años en el país, y no hablaban una sola palabra de inglés, porque no les hacía falta. Viven, trabajan y entablan relaciones sociales entre los miembros de su propia comunidad.

Fue en medio de esta realidad, que jamas se percato de nuestra ínfima existencia, en donde debimos insertarnos, como subiéndonos a un tren en marcha, saltando con los ojos cerrados y esperando haber caído en el vagón correcto.

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Camino de vuelta del Luna Park, el famoso parque de diversiones de la ciudad.

Encontrando Nuestro Lugar en Sydney

Dos semanas pasaron hasta que conseguimos trabajo. Yo arranque de Bartender en un restaurante asiático de etiqueta, en el que me metí en un mundo que hacía años que no visitaba.

Todos en la cocina eran tailandeses y no hablaban más que dos palabras de inglés, por lo que yo calculaba que perdía entre cinco y diez minutos cada día en explicarles que era lo que necesitaba que me prepararan para la barra. Los mozos en cambio provenían de distintos puntos de Asia y todos hablaban perfecto inglés.

Trabajar en un país extranjero es siempre un desafío, sin importar el nivel del idioma local con el que uno cuente (si bien saber inglés siempre ayuda), porque uno se encuentra inevitablemente, y al menos al comienzo, fuera de su elemento.

Aquí, como a lo largo de nuestra estadía en Australia, entraría en juego el primitivo instinto de adaptación, que en mi caso es tan simple como esperar, mirar y copiar lo que hacen los demás.

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Explorando las cautivantes Blue Mountains, en las afueras de Sydney.

La verdad es que éramos felices en esos dos trabajos. Nos veíamos poco, porque Celeste trabajaba a la mañana y yo a la tarde, pero teníamos un buen trabajo, nos llevábamos bien con nuestros compañeros y la verdad es que nos estábamos, de a poco, enamorando de la ciudad. Solo nos faltaba un lugar estable para vivir, y después de un mes de buscar por fin encontramos un alojamiento en Bondi, a cinco minutos de la famosa Bondi Beach.

El único inconveniente con lo que de otra forma seria una vida perfecta en Sydney, era que los gastos derivados de vivir en una de las ciudades más caras del planeta estaban peligrosamente cerca de alcanzar a nuestros modestos ingresos.

Por lo que decidí tomar otro trabajo en la mañana, repartiendo folletos para un centro médico en los barrios de la periferia de la ciudad.

Este trabajo me dio la oportunidad de conocer otra Sydney, la residencial, la familiera. La Sydney de los niños con rodillas raspadas jugando a la pelota en la calle, la de los padres buscando a los chicos del colegio, la de los abuelos paseando por las plazas.

En una vida de viaje, como en la mayoría de las vidas de las personas, se trabaja. Muchos viajeros trabajan en movimiento, sea a través de Internet, ofreciendo shows ambulantes o vendiendo de forma independiente en las calles del mundo.

Nosotros generalmente trabajamos en hospitalidad en las distintas ciudades que visitamos, en algunos lugares lo hacemos por unas semanas, en otros por algunos meses. La cuestión entonces se convierte en responder a la pregunta ¿Cuándo el trabajo pasajero se convierte en rutinario? ¿Cuándo se hace hora de seguir viaje?

Pasaron un par de semanas en las que mi día laboral comenzaba a las 6 AM. Y terminaba a las 11 PM., prácticamente sin descanso, ya que incluso cuando tenía un día libre en un trabajo, aprovechaba para hacer más horas en el otro.

Lo desesperante era que seguíamos teniendo problemas para llegar con las cuentas, y en tres semanas viviendo a cinco minutos de la playa, fui solo una vez.

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Día de caminata por el Coastal Walk en Sydney.

Estábamos trabajando todo el día para pagar por un departamento en el que casi no estábamos, por vivir cerca de una playa a la que no teníamos tiempo de ir, porque trabajábamos todo el día.

Ésto no tenía ningún sentido, y estuvimos de acuerdo en que la hora de seguir viaje había llegado.

Celeste nos consiguió un trabajo en el mítico y misterioso Outback, renunciamos a los nuestros en la ciudad, y así, dos meses después de haber llegado a una de las ciudades más hermosas, cosmopolitas y diversas del mundo, nos fuimos a vivir al medio de la nada, al indomable desierto del sur de Australia.

Si llegaste hasta acá quiero, antes que nada, agradecerte. Si queres saber como sigue esta historia, podes leer nuestro relato del tiempo que pasamos en Border Village.

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